sábado, 27 de diciembre de 2008

Ana en ámbar


Pero sí, pero cómo, pero cuándo.
En ruïnas, al borde de la tarde,
soy vértigo y me asomo a tus zarpazos.
Me agarro en la caída a tus heridas
y escalo sin rencores mi fracaso.
Pero no, pero dónde, pero siempre
mis dedos ajustados a tus dudas,
mis pasos a la sombra de tus pasos.
Perdido, me he encontrado una sonrisa.
Con ella vengo a verte de la mano,
como un niño sediento de deberes,
un mar que saca a flote sus mil barcos
hundidos hace tanto para siempre,
porque sí, sin remedio,
por si acaso.



viernes, 19 de diciembre de 2008

Nahua


Un apunte etnográfico. Luego les cuento algo curioso sobre él, si procede.

El mundo de los chaneques es el estómago de la diosa Nahua, la serpiente emplumada que traga y digiere las almas de los muertos. En los meses siguientes al entierro, Nahua acude cada noche a las sepulturas a comer la carne de los muertos, y deja sólo los huesos; los cien hijos de Nahua, que tienen dientes pequeños y muy finos, se ocupan en rematar el banquete de su madre, rebañando sin prisa los huesos. Hasta que éstos no hayan sido totalmente destruidos, Nahua no termina de digerir al muerto, y su alma no puede volver a reencarnar, siempre en la misma comunidad donde ya vivió, y generalmente en la misma familia.

Hasta hace poco, los muertos eran enterrados, desnudos, en la boca de Nahua (una simple fosa abierta en la tierra). Pero ahora, con los ataúdes y la costumbre de vestir a los muertos, la diosa Nahua se ha roto las muelas y digiere con mucha más lentitud. Por eso las almas tardan tanto en reencarnar, y no nacen niños en Chinantla. Además, cuando Nahua tiene que masticar crucifijos, mortajas u otros objetos bendecidos por un sacerdote, sufre accesos de cólera y escupe baba que huele a mazamurra: por eso las tierras se han vuelto menos fructíferas y hay veces que la fruta sabe mala.


miércoles, 17 de diciembre de 2008

A casa vuelve


He vuelto a ti. Eres tú
La que regresa
Como un soneto al mando de la brisa
O el lúcido entusiasmo de la fiebre.


domingo, 14 de diciembre de 2008

Crónica de sucesos (Devocionario Pop)

Gracias a todos los que se interesaron en algún momento por la presentación del Devocionario Pop. El evento de ayer fue bien, aunque la jornada empezó con mal pie (literal: casi me rompo un dedo bajando unas escaleras) e incluyó casi tres horas de autocar y una visita a Urgencias. Hizo un día de perros, lo que siempre es una alegría para los amantes de esta noble especie. Asistieron personas inesperadas y faltaron otras comprometidas. El sitio era una librería para élites, algo intimidatoria para bachilleres y profesorado de provincias. Jordi Doce, que habló el primero, bien e tan mesurado, demostró que la crítica literaria es ciencia razonablemente exacta, capaz de ahorrar al analizado muchas horas de diván. Jesús Munárriz fue cálido, halagador y expresivo cual no pensé encontrar jamás, y el autor (que alegó estar bajo los efectos de un fármaco) destapó unos cuantos chismes sobre el poemario y atendió con gusto las peticiones que él mismo pidió al respetable. Un joven bien parecido, que podría ser alguno de los Argonautas o el mismo Hermes, resultó ser M. P.. Aunque no había un capitán de barco que pudiera celebrar bodas alquímicas, no faltó un médico que examinara allí mismo mi pie con enorme tino, provocando las protestas (también mesuradas) de la empleada cuya mesa de trabajo convertimos en consulta eventual de podología. Tras el cónclave, partí a Urgencias, a un hospital de monjitas sito frente al Gregorio Marañón, donde un médico con poco trabajo y menor motivación decretó, placa mediante, que mi pie se regeneraría en breve, durando el síndrome de Byron a lo sumo dos o tres días. Hubo después cónclave de amigos de toda la vida, con abundante choque de jarras cerveciles y anécdotas varias. En conjunto, un día feliz, de eficacia publicitaria muy dudosa, pero capaz de reunir a los cómplices en recuerdo emocionado del crimen. Confieso que, si no la próxima presentación, preparo ya el próximo libro. Adicciones...

viernes, 12 de diciembre de 2008

Devocionario: Bonus Track


Para Rafa. Quien manda, manda.

El tren

Si controlas tu viaje,
serás feliz.

El viaje comenzó donde termina,
exhausta, la memoria del viajero:
un abismo voraz que se ilumina
y un vértigo feliz que tiende a cero.

Desde la piedra en flor nos examina
quien siempre estuvo allí o llegó primero:
la calavera gris que vaticina,
burlona, nuestro rostro verdadero.

No hay límite en el alma; sí en los pasos
que vuelven sobre sí, como la noche
parte y cesa entre idénticos ocasos.

El ritmo no se agota; el instrumento,
tal vez. Abre la mano sin reproche
y déjalo volar. ¿Catorce? Ciento.




miércoles, 10 de diciembre de 2008

Devocionario Pop: la cuenta atrás


Devocionario Pop: sus primeros acordes en Aviones desplumados y La verdad del pajarito.

*

Nunca hablar de sí, aconseja Gracián, con motivo; pero a qué padre no se le perdonará que dedique unas líneas, nada objetivas y acaso objetables, a su primogénito.

Son muchos años componiendo versos, primero con el único modelo de las prosas de Rimbaud y aquella antología de Lorca que publicó en Edaf Mauro Armiño, y después, a medida que Antonio Hernández Marín y el maestro Agustín, por distintos caminos, fueron desasnándome, con pulso algo más cierto y verbosidad (espero) decreciente.

Cerrar poemarios siempre me ha costado más que hacer poemas (algo que, en realidad, si uno se presta, sucede casi solo). Retorno a los columpios se llamó el primero que tomó forma: un libro de cerveza y caramelos que tuvo sus lectores generosos (por lo que sea, debo nombrar dos: Alfonso, que tan bien solía recitar algunos de aquellos textos, y Ricardo, el león que come triskis). Libro sobre la infancia, más perdida que recuperada, no por eso dejó de envejecer debidamente —rest in peace.

De la producción posterior, torrencial en algunos años, fueron decantándose algunos poemarios más. Por uno de ellos, que presenté al Premio Hiperión, tuve la oportunidad de conocer al poeta y editor Jesús Munárriz, cuya amabilidad tiene todo que ver con mi decisión de no rendirme e intentarlo una vez más, en serio.

Devocionario Pop, en fin, me hace autor en público. Álvaro Díaz Huici, poeta y editor de Trea, le dio el visto bueno en la que fue, con diferencia, una de las tardes más sentidas de mi vida. ¡Va por vos!

Ahora el libro quiere dar sus primeros pasos en público: este sábado 13 de diciembre lo presentaremos en la Librería Central, dentro del Centro Reina Sofía, a las 18:30. Sé que es difícil sincronizar relojes y reunir proscritos; pero si ésta no es una ocasión perfecta para conocernos, oh lectores, y darnos el gusto de charlar en vivo, que venga Dios y (Él también) lo vea.

Si nada se tuerce, Jesús Munárriz y Jordi Doce (dos ases) estarán allí. ¿Cómo perdérselo? Pues eso. Les espero.

*

Hola, chaval.




lunes, 8 de diciembre de 2008

Nos vemos

Esta madrugada murió mi tío y tocayo. No nos veíamos desde hace muchos años, pero cuando yo era niño, hasta los doce o trece quizá, no pasaba la semana sin que echáramos una partida al ajedrez (que siempre ganaba él) o charláramos de esto o lo otro. Era un hombre fornido, que parecía (o era) muchos años más joven que su DNI, y a la enfermedad le ha costado tiempo separarle de su mujer y sus hijas, a las que amaba entrañablemente. Me preparo para salir (el tanatorio, Madrid, esperan) y pasan por mi cabeza recuerdos agridulces e ideas siniestras (un día, nadie sabe cuán lejos, alguien también empacará sus cosas para acudir a despedirse de mi sombra). De todo lo que he escrito, que es mucho y demasiado, al final lo que realmente me emociona tiene que ver con los seres queridos que perdí prematuramente y aquellos años de mi infancia. Van por ti estos versos, tío, y esta extraña canción de despedida que solía cantar la Incredible. Nos vemos.

Retorno a los columpios

Pues no existe regreso, y sin embargo
en algún sitio queda todo aquello:
los parques y las anchas barandillas,
los gatos y la gente que nos quiso.
Aquellos que quisimos nos habitan.
Los que nunca nos dejan son eternos.






sábado, 6 de diciembre de 2008

Santa Verónica


Los amigos de lo desconocido son mis amigos. De la mano del azar (seguro azar, lo llamó el poeta) llegué hasta santa Verónica, sobre la que tuvieron la amable ocurrencia de pedirme una entrada los sabios alemanes de la Enciclopedia del Cuento. Se trata, en efecto, de una santa de cuento, igualmente desconocida del Evangelio (canónico) y la historiografía.

La hazaña por la que es más conocida (haber entregado a Cristo, de camino al Calvario, un paño para que el Redentor se limpiara el rostro) es una innovación bastante tardía (siglo XIII), que viene a mejorar una historia anterior. Por su ayuda al Redentor en este trance, Verónica se convierte en el negativo de Ahasvero o Asuero, el Judío Errante, condenado a vagar hasta el fin de los días por haberse negado a compartir con Cristo el peso de la Cruz.

La historia, tal como venía contándose desde el 500 d.C. (menos, más), era bastante distinta: una matrona de Jerusalén (aunque nacida quizá en Paneas), llamada Verónica, se convirtió en discípula de Cristo después de que éste le curara con un toque la hemorragia que venía sufriendo desde hace doce años. (El personaje, pues, se identifica con la Hemorroísa, personaje que sí aparece en los evangelios sinópticos: Mt. 9.20; Mc 5.25; Lc. 8.43). A partir de ese momento, quisiera estar con Él a todas horas, y sufre indeciblemente cuando lo ve partir a sus divinas labores. Por ello, decide encargar a un pintor (que a veces es el evangelista Lucas) un retrato de su Amado, que le sirva de consuelo en las tardes largas. Sin embargo, el pintor no puede cumplir el encargo (aunque, según algún narrador, lo intente sin éxito hasta tres veces). En la versión que parece más antigua, cuando Verónica se dirige a casa del pintor, Jesús se hace el encontradizo y le pide que le deje ver el lienzo. Llevándoselo al rostro, deja dibujadas en él sus facciones.

Semejante reliquia no podía quedar sin uso. Cuando Cristo ya ha muerto (y resucitado), el emperador Tiberio es víctima de una enfermedad que lo consume sin tregua. Llega a sus oídos la historia de un sanador maravilloso que sólo opera en provincias, y envía a un hombre de confianza, Volusiano, para encontrarlo. Una vez en Jerusalén, Volusiano descubre que Pilato ha dado muerte, dizque obligado, al Hombre Maravilla; pero (otra vez el azar) mientras camina cabizbajo viene a dar con Verónica, que le cuenta los pormenores de la Pasión y le muestra la Faz de Dios. Los tres (enviado, hallada y reliquia) viajan a Roma, y allí el emperador, literalmente encantado al conocer la Verdad, cura de su dolencia y dispone un castigo adecuado para Pilato. Verónica se queda a vivir en Roma, donde conoce al Papa Clemente, al que lega su divino tesoro. (Y, en efecto, desde el año 705 se exhibe en la Basílica de San Pedro un trofeo que pretende ser la imagen legada por la santa).

El cambio que se produce en el siglo XIII es profundo: ya no se trata de una imagen encargada por Verónica, un simulacro que venga a sustituir, tal premio de consolación, la ausencia del Amado, sino de un don de Cristo con el que éste retribuye la entrega desinteresada del paño. Aunque resulte más evidente en la versión actualizada, también en la primitiva hay demasía, bonus track: Verónica busca un retrato convincente, pero recibe mucho más que eso, una imagen verdadera (vera icon), que se opone a la meramente aproximada de cualquier obra de arte (artefacto).

La idea de que Verónica sea, precisamente, un anagrama de vera icon circula desde al menos comienzos del siglo XIII, en que Gervasio de Tilbury la puso en marcha. Puede ser uno de esos casos en que no, pero sí. Me explico: en los textos más antiguos que tenemos sobre el personaje (varios apócrifos griegos, que forman el llamado Ciclo de Pilato), éste recibe el nombre de Bernice o Berenice. El nombre se había puesto de moda a partir de la reina egipcia Berenice, y es en realidad una variante macedónica de Ferenice, «portadora de la victoria» (recordemos que los reyes de Egipto desde época helenística, los Lágidas, son de origen macedonio: el fundador de la dinastía, Ptolomeo, es uno de los generales de Alejandro, que a la muerte de éste se queda con la porción egipcia del Imperio).

Un cambio casi intrascendente del vocalismo (Berenice > Beronice) nos lleva al latín Veronica. O sea, que no —si no fuera porque el nombre propio convive con un sustantivo común, veronix, que según Corominas y Pascual es probablemente pariente del sánscrito varnika, «pintura», y ha dado el castellano barniz. Sin dejar de provenir de Berenice-Beronice, el nombre de la santa vendría, pues, a sonar como "Santa Pintura", "Santa Barniz" —lo que encaja admirablemente con la leyenda que protagoniza.

El carácter legendario de Verónica no impide su presencia en el santoral católico: su onomástica se celebra el 4 de febrero, y, en correspondencia con su historia, se la considera patrona de los moribundos y heridos, así como de las lavanderas y tejedoras de lino.

El camino que va de santa Verónica a la Verónica espiritista, fantasma de los espejos, está por explorar. La coincidencia (en ambos casos se trata de una imagen prodigiosa y sangrienta) no parece casual —a no ser que se trate de otro seguro azar, el último (por el momento) de una historia pródiga en ellos.

martes, 2 de diciembre de 2008

Placer (Cavafis)


Aroma y gracia de mi vida al recordar las horas
en que las que descubrí y gocé el placer como lo quise.
Aroma y gracia de mi vida a mí, que aborrecí
cada disfrute de amores de rutina.

(C.P. Cavafis, tr. de Anna Pothitou y Rafael Herrera)



*

Yo escuché de Cavafis la armonía
en voz del novillero Chico Herrera:
novedad esmerada y verdadera
que hace bailar sin miedo poesía
tan docta y singular. Así se ría
el poeta en su última morada
de los que, traduciendo en prosa rara,
tomaron su remedo contrahecho
por versión mejorada, con derecho
a borrarle su música preclara.

Si todas las tonadas con placer
transcurrieron, la homónima en concreto
encierra en sus acordes tal secreto
de dicha y buen hacer,
que apenas puedo yo sino volver
a escucharla, y aún no se ha acabado
cuando gira otra vez en el teclado
borroso pero fiel de mi memoria
su luna pentatónica, su gloria
de pulso vacilón y sincopado.

¡Ah, los Herrera, tronco fiel de Orfeo!
El mayor, de la Grecia enamorado,
con Grecia y con su gracia biencasado,
que do moran su fragua y su ajetreo
allí de diosas vivas un museo
tenemos los que amamos la belleza,
si la una ya en flor, otra que empieza
a regalar la tierra con sus pasos.
(Ni en Sunion hay ocasos
que destilen tan fresca sotileza. )

Historiador del arte, y arte él mismo,
alto como castillo, aquí el mediano
templando va las cuerdas con su mano
como el Diablo aquel que en el abismo
templara brujo las del mecanismo
del joven Robert Johnson. No hay moaxaja
ni jarcha que su púa, cual navaja,
no torne en blues mozárabe y pagano.

¿Y el menor? Sólo en años, como suele
suceder en los cuentos, aquí suena:
un duende a cuyo hechizo no habrá pena
que, contraria a sí misma, no alce y vuele.