domingo, 31 de diciembre de 2006

Si alguien pregunta por Dios


...Ayer hablábamos, de pasada, de Mei, aquel maestro de esgrima mental y hacedor de figuras (no sólo retóricas) que, más por actitud que por físico, tengo asociado desde pequeño al despiadado Ming. Hoy topo con este poema en prosa, característico de su hacer, y me parece una buena manera de despedir el año. Así sea.

Si alguien pregunta por Dios, habría que guardar silencio. Habría que hacerse noche, o niebla, o espera; y dejar sin apoyo su pregunta. Que caiga la interrogante hacia su propio abismo por fuera y por dentro hasta encontrar la respuesta que la rompa como un golpe al silencio.

Si alguien necesita a Dios, habría que acercarle a Él. Llevarle hasta Sus puertas dulcemente doradas, hasta Sus límites de cristal de mil colores y enseñarle una oración y el protocolo de una reverencia.

Si alguien vive sin Dios, habría que olvidarle. Ni tan siquiera pensar en él, porque podríamos turbar una idea no nacida. No cometamos el sacrilegio de romper el precinto tras el que dormita el genio.

Si alguien destruye a Dios, habría que ayudarle. Darle nuestra fuerza, nuestra astucia, nuestra total falta de compasión: ponernos por entero al servicio de su obra y que se acabe Dios de una vez para siempre.

Y si alguien comprende, regalémosle una sonrisa.


sábado, 30 de diciembre de 2006

Instrumentales V: La Ciudad Sumergida


Cierro la serie con este título, fetiche de los decadentistas y crepusculares que en el mundo han sido. Grabación precaria: más de lo normal. Aunque la idea original es mía, mi pasaje favorito es esa introducción a dos voces que Daniel, el flautista, inventó a última hora.






viernes, 29 de diciembre de 2006

Instrumentales IV: Como si con bombín


Aunque surgió de forma independiente, esta pequeña pieza para piano se convirtió enseguida en fondo de un poema en prosa de un buen amigo que comenzaba, más o menos: "Como si con bombín y con paraguas por la Quinta Avenida..". Desde entonces, como el título indica, nunca se han separado del todo.

*

Como si con bombín y con paraguas por la quinta avenida. Ciego de tanto mirar con las manos. Un extraño en la ciudad. No es que me queje, no, pero soy un extraño en la ciudad. Como si con bombín y en el metro, en plena estación de Sol, sonriendo a la gente, nada menos. Y si tienes que hacerlo, mejor esperar un poco e intentar hacerlo con ganas, para que luego la luna no ande arrepintiéndose y deje de llamar o incluso decida pasar la noche estudiando, como solíamos. Y yo nunca te he oído hablar, en serio. Generalmente se me marchaban los oídos lejos, hacia el mar. Y era allí donde más extraño me sentía, porque bebía agua salada y no podía evitar que me supiera a asfalto. Y luego, al volver, no sé, era como no haberse ido nunca de casa y estar aún allí, junto a la cuna, llorando porque está oscuro y hace frío y no viene mamá.

Como si con bombín y con paraguas por la quinta avenida. Exactamente así, tanteando las paredes para no tropezar.

Un extraño en la ciudad.

(Ricardo; gracias a Sergio por rescatarlo)






jueves, 28 de diciembre de 2006

Instrumentales III: A meter


Otro intento en el campo de las sintonías setentiles, esta vez con préstamo de Juan Sebastián. El título y la imagen se deben a cierto tercetillo popular, latiguillo de mala muerte alrededor del cual vino a surgir (así de extraño funciona el mundo) la melodía: Prometer hasta meter / y después de haber metido, / olvidar lo prometido.






miércoles, 27 de diciembre de 2006

Instrumentales II: Instrumentol


En Ciento Volando no solemos componer a medias, aunque a veces los arreglos que cada uno aporta a las canciones de los demás se incorporan de manera tan obstinada a la composición que podrían considerarse parte de ella. Éste es un caso excepcional: una tarde feliz de hace muchos años nos sentamos con la guitarra y la flauta en el salón y, a partir de la primera frase de la flauta, un arpegio en mi bemol menor, fuimos sacando de la nada esta pieza de estructura extraña, episódica y modulante, en la que las partes son distintas y no se repiten. Cuando la volvimos a grabar hace poco, al ver que los acordes quedaban un tanto difusos con el efecto de sonido de la guitarra, probamos a añadir una parte de bajo y teclado. Ahora me parece que hubiera sido siempre así. Por lo demás, sigo sin saber a qué estilo corresponde la pieza. ¿Folk? (¿qué folk?).




martes, 26 de diciembre de 2006

Instrumentales I: Sounds of the Fair


A los instrumentales que empezaron siendo canciones les queda un algo saltarín y cantabile. Éste, todo guitarras, siempre me ha sonado a sintonía setentil, en la tradición (salvando el abismo insalvable) de aquella maravilla del grupo Iceberg que Tena y Manrique utilizaban en Popgrama. Se llama Sounds of the Fair —por ejemplo, los de aquella prodigiosa feria de artesanía hippie de la plaza de Santa Ana, en Madrid, que las fuerzas del mal se cargaron hace años. Va por ella.





lunes, 25 de diciembre de 2006

Navidad II: Piedra de Rosetta



Pasatiempo extraño desempolvar

los mejores muertos de tu desván,
repoblar de sombras mi soledad,
coro de sirenas
con la boca llena
de oscuridad.

Envolver el mundo por Navidad,
rumores, leyendas por confirmar,
nubes en el cielo del paladar
forman la secreta
piedra de Rosetta
donde no estás.






domingo, 24 de diciembre de 2006

Navidad I: Soñaré penas escasas


Will your magic Christmas tree
be shining?
(ISB, Chinese White)


Soñaré penas escasas,

árboles de Navidad.
Las compresas no traspasan,
hoy me duermo sin llorar.
Pongo tu nombre a las cartas,
luego las dejo volar.
Infecciones de garganta
para escupir la verdad.

Y sentado en el camino
veo pasar el viejo tren
lleno de gente.
No he sabido qué comprarte,
no me gusta que estés
en ninguna parte.

La tristeza en la ventana,
los amores sin regar.
Habitaciones cerradas,
libros que no sé cerrar.
No ha cambiado apenas nada,
pero nada sigue igual.

Aguarda, amor, que estoy vivo,
aunque tenga tierra y plantas
en la frente.
Aguarda, que no te olvido,
las cosas que deben ser
son de repente.

Y sentado en el camino
veo pasar el viejo tren
lleno de gente.
Me duele que te hayas ido,
me duele sentir que estás
pero no verte.



sábado, 23 de diciembre de 2006

Casa tomada


Canción danielera de principio a fin, composición, arreglos e interpretación; cabe un guiño al gran cronopio.

Pensar que bien o mal, esto tenía
tarde o temprano que ocurrir;
interpretarlo de mil formas,
de mil maneras diferentes.
Decir muchas palabras,
por si quedara aún algo que decir,
o decirte te quiero sencillamente.

Buscar explicaciones, navegar
entre dudas y fronteras,
apuntalar las horas con los
restos de la primavera,
luego tirar palante
con las pilas de otras ocasiones
porque lo que iba a ser la vida
ahora es una vida cualquiera.

Y en la casa tomada
donde ahora todo es igual que nada,
nadie te busca, nadie te nombra,
pero tú estás:
vives en los espejos,
en los armarios, los azulejos,
en las señales que ya no saben
qué señalar.

Ir hacia donde quieras, seguir las
carreteras, las corrientes,
las líneas convergentes,
convertirme en un señor que pasa;
y hay más de mil maneras
y hay mil trayectorias diferentes
pero ahora todos los caminos
me conducen a tu casa:

la casa de los gatos
donde supimos vivir a ratos,
donde las flores que no se cuidan
crecían mejor
porque bajo la tierra
tuneladoras en pie de guerra
iban cavando los laberintos
de nuestro amor.

Toblerones, memorias
de un colchón, salas de espera,
tu nombre en la escalera, mi nombre
tirado en los rincones.
Nos faltan vitaminas, pero
sobran las explicaciones:
perdida la grandeza, quedan
sólo las buenas maneras.

Y hay más altas que bajas,
hay corazones en las rebajas
y aún quedan plazas libres
en otro hotel;
pero los días se mueren,
si nos quisieron, ya no nos quieren,
porque las cosas que no se dicen
no riman bien.

Pensar que bien o mal, esto tenía...






viernes, 22 de diciembre de 2006

Bestia de quince sílabas


Los versos que nuestros tratadistas han declarado impracticables pueden sonar de maravilla: es el caso del tridecasílabo (adiós, muchachos, compañeros de mi vida; o aquello de Krahe: Más bien perplejo recorría las aceras: / «oh cuán curiosa», me decía, «es la mujer»), y podría serlo también del decapentasílabo, bien se entienda como 5 / 5 / 5 (y te pareces / a la palabra / melancolía), a la griega (8 + 7, que en español, por final agudo del primer hemistiquio, suena más bien como 9 + 7: la Lamia negra de la mar / que traga a los valientes) o, como a mí ha dado en sucederme, como 7 + 8 (mi gato, que pasea su virtud al por menor).

El decapén, como yo le llamo familiarmente (hasta tal punto me persiguió en su día), no siempre es exactamente 7 + 8: a menudo suena como un verso enterizo de 15. Difícil de explicar, pero fácil de oír. Cantado, un suponer, va tal que así:

Ahora que soy pequeño como el prólogo de un sueño
y mis zapatos húmedos aprenden a volar,
no quieras ya tirar de la costura del recuerdo,
no vayas a quedarte, como el sol, a medio arder.
No hay nada tan urgente que no sea irremediable
caer en que no puedes pronunciarlo sin mentir.
Es la palabra el único tesoro que persiste:
el lápiz con que puedes dibujar cualquier color.





jueves, 21 de diciembre de 2006

Me gustas cuando callas


Nunca lo hubiera imaginado así; pero sí.



Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

(Pablo Neruda)




miércoles, 20 de diciembre de 2006

El Golem


(Meyrink; Trachtenberg; Scholem)

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores,
y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, , Aquellos, Otros.

El cabalista que ofició de numen
a la vasta criatura apodó Golem.
(Estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
(Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga)
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera, bien o mal, la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
las devociones de su Dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?

¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?

En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?

(Jorge Luis Borges)




martes, 19 de diciembre de 2006

Donde habite el olvido


Otro diálogo a través del tiempo.

En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.
(Gustavo Adolfo Bécquer)


Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo, lleno de gracia aérea, mientras crece el tormento.

Allá donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.
(Luis Cernuda)




lunes, 18 de diciembre de 2006

Por largos años, Catulo


Cada quien tiene su puerta de entrada. Yo quedé fascinado por la poesía latina a través de este poema 76 de Catulo, tal como lo tradujo e interpretó Agustín García Calvo. Estoy seguro de que no seré el último.





Si uno en el recordar los bienes que antes hiciera
halla placer, al pensar — que él era bueno y lo es
y que ni santa fianza quebró ni a trueque ninguno
nombre de dios malusó — para a los hombres burlar,
muchos guardados entonces por largos años, Catulo,
de este maldito amor — gozos te esperan a ti:
pues lo que bien pueda un hombre decir o hacer a los otros,
tanto has hecho tú, — tanto tú dicho de bien;
todo lo cual se perdió, a un alma ingrata fiado.
Conque ¿por qué vas tú — a darte martirio ya más?
¿Qué, si no esfuerzas el ánimo y ya de ahí no te sacas
ni, contra venia de dios, — dejas de ser infeliz?
Duro lo es, un largo amor de repente dejarlo.
Duro lo es; pero así — has, como sea, de hacer:
ésta es la sola salud; esto tienes que conseguirlo;
esto has de hacer, da igual — si es imposible o si no.
Dioses, si hay en vosotros piedad, o si a alguien quisisteis,
a punto ya de morir, — última ayuda traer,
a mí, desgraciado, miradme, y si vida pura he llevado,
esta peste arrancad — y esta rüina de mí,
que, como una modorra escurriéndose en mis entrañas,
del corazón de raíz — toda alegría arrojó.
No ya aquello pretendo de que ella me corresponda
o, lo que no puede ser, — quiera vivir con pudor:
pido estar yo sano y dejar mi negra dolencia:
dioses, con esto pagad — lo que de bueno haya en mí.


Si qua recordanti benefacta priora voluptas
est homini, cum se — cogitat esse pium
nec sanctam violasse fidem, nec foedere nullo
divum ad fallendos — numine abusum homines:
multa parata manent in longa aetate, Catulle,
ex hoc ingrato — gaudia amore tibi.
nam quaecumque homines bene cuiquam aut dicere possunt
aut facere, haec a te — dictaque factaque sunt:
omnia quae ingratae perierunt credita menti.
quare cur te iam — amplius excrucies?
quin tu animo offirmas atque istinc teque reducis,
et dis invitis — desinis esse miser?
difficilest longum subito deponere amorem,
difficilest, verum hoc, — qua lubet, efficias:
una salus haec est, hoc est tibi pervincendum,
hoc facias, sive id — non pote sive pote.
o di, si vestrumst misereri, aut si quibus umquam
extremo, iam ipsa — in morte, tulistis opem,
me miserum aspicite et, si vitam puriter egi,
eripite hanc pestem — perniciemque mihi!
quae mihi, subrepens imos ut torpor in artus
expulit ex omni — pectore laetitias.
non iam illud quaero, contra ut me diligat illa,
aut, quod non potis est, — esse pudica velit:
ipse valere opto et taetrum hunc deponere morbum.
o di, reddite mi hoc — pro pietate mea!


Amigos: para evitarnos los regüeldos de un troll,
habilito temporalmente la moderación de comentarios.

Un poco de paciencia:
vuestros comentarios aparecerán, aunque tarden un poco,
y no hay mal que cien años dure.

domingo, 17 de diciembre de 2006

El rock de los gatos


No aquéllos del callejón que maullaban a gritos (?) en la canción de Sabino Méndez, sino Lindrus y Mina, estas dos gatas psicodélicas que fueron a parar a manos del cientovolandero Daniel, y cuyos primeros y segundos pasos por Danielandia documenta el vídeo. Lindrus, copo de carbón, es la mayor, heredada de Luli, que la adoptó en la lejana Alemania. Mina viene de Valdemanco, de familia salvaje pero bastante antropófila. La canción es danielera de principio a fin (menos el riff inicial, que yo aporté —pero bien podría ser de Dinarama + Alaska).

Íbamos andando
como se anda algunas veces.
Íbamos haciendo
lo que se hace cuando creces.
Íbamos contando
las semanas y los meses.
Íbamos contentos,
íbamos haciendo eses.

Quedar para vernos
por si entiendes lo que digo,
quedar por si acaso
nos hiciéramos amigos.
Quedar para vernos
y después irnos de bares.
Dejar que los sueños
nos lleven a otros lugares.

Y llegar sin darnos cuenta
a ese pequeño lugar
cuando es hora de marcharse
y nadie se quiere marchar,
cuando vuelan las palabras
que equivocas a tu falda
como un puente de baldosas
que se alzan del final
y el principio de las cosas.

Vernos en las fotos
y ver cómo hemos cambiado,
cambiar de costumbres,
cambiar de significado.
Quedar para luego
sin saber que hemos quedado,
comer en el suelo
de un jardín abandonado.

Y llegar sin darnos cuenta...

Se ha perdido el mundo
que llenaba cada tarde,
se ha acabado todo
y se ha marchado todo el mundo
y entre los recuerdos
que ahora son inolvidables
nada nos impide
dejar todo en un segundo.

sábado, 16 de diciembre de 2006

El jardín impreso


Toda biblioteca aspira a ser la de Alejandría. Más aún: la de Babel, o aquel Archivo Akáshico donde, según los teósofos, se guarda registro de todo detalle del universo. No sólo aspira a ello: tiene la obligación de lograrlo, hasta donde las circunstancias lo permitan. Hay parámetros objetivos de este logro: que nadie conozca todos los títulos que la biblioteca alberga (quizá una máquina nos dé el número total de los que se supone que hay, pero eso muy otra cosa); que uno pueda albergar la esperanza de que cualquier libro que busque pueda estar ahí, o al menos otro enlazado con él. Algo así pasa con las ciudades: merecen ese nombre aquéllas en las que puedes vivir toda tu vida y siempre habrá lugares que no has visto.

He pasado muchas horas durante el curso pasado y éste empeñado, con unos pocos compañeros (que ya van siendo unos cuantos), en poner en marcha una biblioteca escolar que ha estado más de un decenio muerta, desintegrada. Una biblioteca así, una vez despierta, va a ser una gozada, por el contraste de fondos: lo mismo contiene libros descatalogadísimos de los 70 que las últimas novedades que acabamos de comprar. Hay colecciones enteras de quiosco, que revelan el amor de otros responsables que, aun sin lanzarse a poner en marcha la biblioteca, cuidaron de que al menos siguieran entrando tomos, en previsión de años menos negros.

En sincronía con esta devoción, me llega hoy este mensaje de Lycos, que me apetece compartir con ustedes.

*

No puedo alardear de buenos libros en mi infancia. Yo era cliente asiduo desde los cinco o seis años de una pequeña tienducha dedicada a cambiar novelas y tebeos. Me vienen a la memoria las novelas más mugrientas y destrozadas que imaginarse pueda. Nadie por lo visto estaba encargado de retirar de la circulación los ejemplares más deteriorados y pringosos, ni el tendero ni, mucho menos aun, el lector, que en conservar la piltrafa estribaba el seguir teniendo acceso a la siguiente lectura. Zane Grey, Agatha Christie, Rex Stout, Stanley Gardner, Conan Doyle, Dashiel Hammett...

¡Qué sé yo la de apasionantes novelas policíacas me embaularía antes de descubrir que, aunque sólo tenía diez años, podía entrar como un caballero en el Templo de la Sabiduría —la Biblioteca Pública Municipal de mi barrio— y ocupar un lugar en aquellas mesas larguísimas iluminadas por traslúcidas tulipas esmeralda... Allí, en libros casi nuevos, hermosamente encuadernados en piel, leí todo lo que había de Julio Verne, de Rudyard Kipling, Walter Scott, Chretien de Troyes, Mark Twain, Alejandro Dumas, Allan Poe... y sobre todos ellos una serie muy larga que se llamaba Los Episodios Nacionales, de Pérez Galdós.

Como puede verse, toda la literatura que conocí en mi infancia fueron traducciones del inglés o del francés. A Pérez Galdós fue al primero que leí directamente en su lengua. Y la magia que eso tiene, y el tema —vivíamos en Madrid la sangrienta postguerra franquista—, que de alguna forma obscura no era por completo ajena al temblor social que se cernía inmanifiesto por Madrid, hizo que esos episodios me marcaran políticamente para siempre.

Mi abuelo había tenido una pequeña biblioteca en casa. Las librerías acristaladas de su despacho lo afirmaban. Pero entre el miedo a que en un registro la policía político-social considerara algún título no de su gusto, y la escasez de todo tipo de combustibles durante la guerra, hizo que desaparecieran casi todos. Los únicos que se salvaron del fuego fueron libros técnicos, con una hermosa excepción : LA ODISEA de Homero. Ese fue el primer libro de mi vida. Odiseo, fecundo en ardides, ocupó en mi imaginario el lugar que luego los curas se empeñaban que ocupara Jesús de Nazaret. Jamás lo lograron, naturalmente. No había color.

viernes, 15 de diciembre de 2006

Menú del día


Por delicadeza
yo perdí mi vida
(Arthur Rimbaud)

El adivino Tiresias, con quien consultó Eteocles, profetizó que los tebanos saldrían victoriosos sólo si un príncipe de la casa real se ofrecía voluntariamente como sacrificio a Ares; inmediatamente Meneceo, el hijo de Creonte, se dio muerte delante de las puertas, así como su homónimo y abuelo se había arrojado de cabeza desde las murallas en una ocasión anterior. La profecía de Tiresias se realizó: los tebanos fueron derrotados en una escaramuza y se retiraron a la ciudad, pero tan pronto como Capaneo colocó una escala de sitio contra la muralla y comenzó a subir por ella, Zeus lo mató con un rayo. Al ver eso, los tebanos se envalentonaron, hicieron una salida furiosa y mataron a otros tres de los siete paladines; y uno de ellos, que por casualidad se llamaba Melanipo, hirió a Tideo en el vientre. Atenea sentía afecto por Tideo y, compadecida de él cuando yacía medio muerto, se apresuró a pedir a su padre Zeus un elixir infalible que muy pronto le habría puesto de nuevo en pie. Pero Anfiarao odiaba a Tideo porque había obligado a los argivos a marchar y, como era perspicaz, corrió adonde estaba Melanipo y le cortó la cabeza. «¡Esta es tu venganza!» —exclamó— «¡Abre el cráneo y trágate los sesos!» Tideo lo hizo, y Atenea, que llegó en aquel momento con el elixir, lo vertió en tierra y se retiró disgustada.

(Robert Graves, Los mitos griegos)

jueves, 14 de diciembre de 2006

Cuaderno de sueños



Será la Navidad. Me despierto por las mañanas con las secuencias finales del último ensueño de cada noche rebobinándose en mi cerebro, tan vívidas que, de no mediar mi cordura, sé que con el tiempo, al sacar el recuerdo de la memoria, no sabría distinguir si lo soñé o lo viví aquí afuera. Son sueños turbadores, en los que familiares y amigos se revelan cuando menos me lo espero como personajes asombrosos, poniendo en cuestión lo que creo sobre mí y sobre ellos. Mensajes duros. ¿Metáforas de lo cotidiano? Me inclino a pensar más bien, como Hillman, que en sueños los dioses toman el rostro de nuestros conocidos. Desde luego, éstos no son dioses que acepten rezos ni golosinas. Se parecen más bien a Gandalf llevándose en volandas a Bilbo Bolsón. Vocatus atque non vocatus, deus aderit, escribió Jung: llamado o no, el dios se hará presente. Conmovido por lo numinoso, entiendes (aunque ya lo sabías) lo estúpido que resulta hablar de fe cuando intentas, como puedes, vadear la experiencia.

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Uno menos



Adelante, señores de la guerra,
constructores de cañones,
constructores de aviones,
constructores de bombas
que os encondéis tras muros,
tras mesas,
quiero que sepáis
que puedo ver detrás de vuestras máscaras.

Nunca hicisteis otra cosa
que construir para destrozar,
jugáis con mi mundo
como si fuera vuestra Nintendo,
ponéis una pistola en mi mano
sin mirarme a los ojos
y os ponéis a buen recaudo
cuando empiezan a volar las balas.

Como el Judas de antaño,
engañáis y mentís,
hay una guerra mundial por ganar,
eso queréis que crea,
pero puedo leer vuestros ojos
y puedo leeros la mente
como veo a través del agua
que corre por mi desagüe.

Preparáis el gatillo
para que otros disparen
y os sentáis a mirar
mientras asciende el marcador de muertos,
escondidos en vuestra mansión
mientras la sangre joven
escapa de los cuerpos
y se hunde en el barro.

Habéis arrojado al mundo
el peor de los miedos:
el miedo a traer niños al mundo.
Por haber asustado a mi niño
no nacido y sin nombre,
no merecéis la sangre
que corre por vuestras venas.

¿Qué sé yo
para hablar cuando no me toca?
Diréis que soy joven,
diréis que soy un palurdo,
pero hay algo que sé
aunque sea más joven que vosotros:
ni Jesús podría nunca
perdonar lo que hacéis.

Dejad que os pregunte:
¿tan buena es vuestra pasta?
¿Os comprará el perdón?
¿Creéis que podrá?
Yo pienso que vais a ver,
cuando la muerte se cobre lo suyo,
que con toda vuestra guita
no podréis comprar de nuevo vuestra alma.

Espero que muráis
y que vuestra muerte llegue pronto.
Seguiré vuestro ataúd
en la pálida tarde
y observaré mientras os bajan
a vuestro lecho de muerte
y me quedaré de pie en vuestra tumba

hasta asegurarme
de que habéis muerto.



martes, 12 de diciembre de 2006

El limón


En sus mejores años, parte de los experimentos de los Beatles estuvieron orientados hacia lo que podríamos llamar minimalismo: canciones de una sola nota (o casi), como The Word, inspirada en Long Tall Sally, o de un solo acorde (más o menos tramposo), como Tomorrow Never Knows. Nuestro añorado Alfonso compuso también un energético Ball Redon en re menor, que podría considerarse de un solo (aunque matizado) acorde. Yo no he llegado a tal depuración, pero algo me he acercado: esta canción de Por amor a lo que venga tiene sólo dos acordes, tónica y subdominante, aunque invertidos de modo que la nota más baja de la guitarra marque una secuencia ascendente: la, sib, do, re. El efecto, a pesar de que los acordes y la escala sean de lo más corriente, es de un cierto extrañamiento. Confieso que esta vez la grabación y los arreglos me gustan. Luli canta tan bien como suele, Daniel y yo no damos demasiado la nota, y los invitados se lucen: Miguel al bajo, Eliseo Parra al udú (un instrumento africano de percusión que suena, como yo quería, un tanto indio y subacuático) y Gema al clarinete. La letra sale (en parte) del Cancionero secreto de Cantabria, una colección de apasionante cochinadas recopilada por Fernando Gomarín Guirado. Creo que las que yo escogí deben ser casi las únicas para todos los públicos (o mayores de 13 con reparos). Otro día les traigo una antología de las más brutas, para que no se diga.


De tu ventana a la mía
me tiraste y un limón;
el limón me dio en la cara
y el zumo en el corazón.

Dicen que
sólo se puede morir por dos veces
y una vez
llega cuando me miras tú.

La Reina de Corazones
me invitó a tomar el té
y entre vasos de colores
en tu taza me encontré.

Dicen que...

¡Quién pudiera ser sirena,
sirenita de la mar,
para poder a los hombres
matarlos después de amar!

Dicen que...





lunes, 11 de diciembre de 2006

La cara del que sabe


Ha muerto en Chile uno de ellos. Como dice Chema Pascual, sit ille terrae levis, que no al revés. La historia lo disolverá, sin duda. La alegría es legítima. También que la razón, por boca del zamorano, nos arruine un poco la fiesta recordándonos que a la Muerte nunca le faltarán ministros y siervos. No odiamos un rostro, sino una mueca. Ojo con ella.

Cuando veas al hombre de banca
dinámico y grave
que en la ranura de su coche
introduce la llave,
mientras habla con un cliente
importante,
y con mano segura
agarra el volante,
verás, si te fijas, en el cristal
la cara del que sabe.

En la escuela, al salir de recreo
al patio empujándose,
si ves a uno que lo llaman
el Capacobardes
que le escupe en la oreja al tonto
de la clase
y se planta esperando
que el otro se arranque,
helados en vidrio verás allí
los ojos del que sabe.

O si ves por la turbia ventana
de frente a su amante
a la querida que, ya seca,
se aferra al cadáver
de su amor, y a cuchillo dice
«Como escapes,
te lo juro, aquí mismo
me siego el gaznate»,
grabado verás en la blanca piel
el signo del que sabe.

En la foto del jefe de estado
que fija el istante
en que él, sentado ante un decreto
de muerte de alguien,
en penoso deber la pluma
de oro blande,
cuando firme la firma
de un trazo la trace,
trazada en su frente la puedes ver
la marca del que sabe.

O si no, en el neón del espejo
del bar de 'My darling',
si ves al chulo que a su rubia
le dice, fumándole
de nariz, «Que nanay, nenita,
que tu padre,
y cuidao con el rímel,
que no se te empaste»,
posada en sus párpados la verás
la fuerza del que sabe.

Y si asomas, en fin, al estudio
de altos cristales
donde el cerebro de la empresa
dibuja los planes
de la ruta futura, y corre
recto el lápiz
y a derecho y a regla
los borra los árboles,
guiada verás de la pura ley
la mano del que sabe.

Todos tienen su idea: son ellos
los reyes del aire.
Y si tú ves que, cuando a todos
los cierre en la cárcel
de los versos y que la música
ya se apague,
yo me quedo a las nubes
mirando distante,
recuérdame y dime «La veo ahí
la cara del que sabe».





domingo, 10 de diciembre de 2006

La canción oscura


...hubiera sido un buen título para nuestro primer y hasta ahora único disco 'de verdad', que acabó titulándose Por amor a lo que venga. La canción oscura (también conocida como Hoy toca) lo es (canción) de Luli, y sin duda una de sus mejores. Si las maquetas caseras son una manera de aprender lo que sucede cuando descuidas o apresuras algún factor de la grabación o la mezcla, grabar en estudio te enseña los peligros de darle demasiadas vueltas a una canción sencilla. Yo creo (hay quien no) que esta canción en concreto sale razonablemente viva de la conjunción de voces, guitarras, percusiones y piano. Otra cosa es que salga ganando. Si logro mi empeño de ir volcando con paciencia todo el archivo cientovolandero de cintas a mp3, quizá pueda ofrecerles alguna vez la grabación casera que antecede a todos los (des)arreglos. De momento, tienen que imaginársela: o, mejor aún, olvidarla y disfrutar sin más de lo que suena, ya que pueden.


Hoy toca hundirse
en caramelos
para el corazón,
dejar bien fuera la nariz
por si te diera por vivir.

Hoy toca echar
la cortinita por la cara,

demostrarles a las sillas

que soy capaz
de alzarme en la batalla.


Hoy toca ir vestidita

de domingo con lunares

por donde se ventila

lo que queda de la sangre.


Hoy toca dar
las manos limpias
hasta a la guitarra,
dejar que suene fría como
mis huellas en tu cara.


Hoy toca ya cantar

la serenata de las penas,
amamantar paredes,

patalear aceras.


Hoy toca ir vestidita

de domingo con lunares

por donde voy perdiendo
lo que queda de la sangre.

Hoy toca ya cantar

la serenata de la espera,
dormir entre la nieve,

odiar la nueva primavera.


Hoy toca que nos siente

bien el color de la pena,
papillas con arroz

y tropezones en tu honor.


Hoy toca ir vestidita

de domingo con lunares

por donde se ventila

lo que queda de la sangre
.

Hoy toca ir vestidita

de domingo con lunares
por donde voy perdiendo
lo que queda de la sangre.






(si así no se oye, tal vez aquí ).

sábado, 9 de diciembre de 2006

El Purgatorio según san Juan


Vuelvo a verle en la televisión, en su condición de eterno asesinado. Yo aprendí a tocar la guitarra con sus canciones, así que sería extraño que su son no se filtrase en las mías. Con I want you (she's so heavy) inauguró un purgatorio sonoro muy particular (todo El Muro de Pink Floyd y la Lluvia púrpura de Prince están ahí, por ejemplo). Del mismo fuego, estas brasas bizarras (con flauta del gran Daniel y unas curiosas briznas de psalterio).







viernes, 8 de diciembre de 2006

Fuera del tiempo (I): Itchycoo Park


Una secularización consecuente nos dejaría sin fiestas. Hay que trabajar como todos los días, pero. En ese pero reside lo sagrado (puesto aparte) de toda fiesta, la manifestación de algo exterior al ciclo laboral que hace valer, por tiempo limitado, su fuerza. Prueba de poder, pero también de flaqueza: lo excepcional se deja acotar, sujetar a regla, como esos demonios domesticados que no arriesgan la cola fuera del círculo mágico. La fiesta, pues, equivalente en el tiempo del espacio 'libre': el manifestódromo o pabellón de botellones, Cristania o Summerhill. Nada que un servicio de recogida de basuras, combinado con el SAMUR, no pueda curar.

De pronto me han venido a la mente textos y canciones que hablan de esto: la invitación a huir de veras, el recuerdo dudoso de haberlo hecho. Esta canción de los Small Faces, para empezar. El Parque como último locus amoenus.

Te diré lo que haremos:
iremos juntos allí.
Puedes hacer pellas
(¿a que molaría?).
¿Para qué acudir
a aprender la ley de los tontos?
¿Qué haremos ahí?
¡Ascenderemos!
¿Qué tocaremos?
El cielo.
¿Por qué, entonces,
las lágrimas?
Todo resulta
demasiado hermoso
.




jueves, 7 de diciembre de 2006

Hay días buenos y malos


Repasando me doy cuenta de que en las últimas entradas, huyendo quizá del tópico cantautoril, he ido rescatando algunas de las maquetas cientovolanderas de sonido más eléctrico, con solos de guitarra o de teclado. Ésta es otra: un desahogo extraño que reúne a The Cure y King Crimson (en versión gasolinera) con don Antonio Machado y Rosalía de Castro.

Hay días buenos y malos
y están los días que llueve
y se nos rompe algo leve
que ya nadie va a arreglar.

Y en el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día.
Ya no siento el corazón.

Bueno es saber que los vasos
nos sirven para beber;
lo malo es que no sabemos
para qué sirve la sed.

Y en el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día.
Ya no siento el corazón.



miércoles, 6 de diciembre de 2006

La pregunta medianamente interesante


¿Quién movió la torre blanca?
¿Quién movió la reina negra
cuando Gimmel y Daleth
se hallaban en medio?
Desde la tarde
iba creciendo un velo,
penando por los pinos
que añoraban la vela.
«Hay algo olvidado
que quiero que sepas»,
la lluvia y sus pecas
me hablan así.
Es, vaya, la pregunta
medianamente interesante.
Qué es eso de lo que formamos parte
y qué es lo que somos.

Y una locura de elefantes
oculta el sol,
el juez y el jurado
siguen haciendo de las suyas,
han tronchado las rosas
y lavado el jabón
y el mártir que va a ser su novio
no se atreve a huir con ellos.
Es, vaya,
la pregunta nunca cumplida.
Qué es eso de lo que formamos parte
y qué es lo que somos.

Largos, largos eran entonces
todavía mis ojos.
Desafiaron las puertas,
el fuego enorme,
y el cuerpo se dobló en torno a mí,
creció la persona que soy.

La flor y su pétalo,
la raíz y su presa,
la tierra y su magnitud,
el aliento y su jadeo,
la mente y su dinamismo,
el pie y su movimiento,
la vida y su patrón,
el corazón y su amor.

Es, vaya,
la vieja pregunta olvidada.
Qué es eso de lo que formamos parte.
Qué es lo que somos.

(Robin Williamson)



martes, 5 de diciembre de 2006

Canción al recuerdo de mí


O Chanson egocentrique, como la de Battiato. Como la suya, ésta no es del todo autocomplaciente: añorarse es un modo de ir dándose por perdido.


Y canción al recuerdo de mí,
hoy que sólo
nos queda la lluvia,
remedios de grulla,
y en busca de trufas
y amor
hundo mis ojos en el barro,
debo saber al fin quién soy.

Y canción al recuerdo de mí,
hoy que sólo
por viejas heridas
persiste la vida,
la dulce saliva
de Dios.
Hundo mis ojos en el barro:
debo saber el que no soy.





lunes, 4 de diciembre de 2006

Lluvia de haiku


En homenaje, casi póstumo, a Eurídika y todos sus navegantes

Yo vi aquel pájaro,
era un pez de oro blanco,
era aquel cántaro.

(Drix)

*

Entre mis piernas
las rimas imposibles.
Mieles eternas.

(Drix)

*

Todos los niños
saben del juego frío
de los deberes.

(Drix)

*

Orden y mando...
y el alma siempre llega
de contrabando.

*

Duele el recuerdo.
¿Soy la manzana aquella
yo que la muerdo?

*

Deja la luna
tesoros imposibles
en la basura.

*

Se va la ola.
Ya bajó la marea,
me quedo sola

(Sandra)

*

Solo y salado.
A más de amorherido,
amordazado.

*

Algo detrás.
Cuando te des la vuelta,
no lo verás.

*

(Conocimiento es poder)

Canta Casandra:
yo, que lo supe todo,
no pude nada.

*

¿Rompes palabras?
Cuéntanos lo que encuentras
cuando las abras.

*

En el pasado
la sangre que derramas
ya se ha secado.

*

Cuerda de presos.
Uno tras otro mueren
todos los besos.


domingo, 3 de diciembre de 2006

Haikus


Llega por fin el esperado Tratado de rítmica y prosodia y de métrica y versificación del maestro Agustín (Zamora: Lucina, noviembre del 2006). Son casi 1700 páginas, que no recorren todas las formas métricas que en el mundo han sido (a García Calvo, evasor de infinitos, se le haría odioso ese todas) —pero casi. Uno no sabe cómo hacerle justicia a tamaña empresa. Por entrar por algún sitio, leo el apartado dedicado al haiku. No tardo en descubrir que la estrofa española que llamamos así (5, 7 y 5 sílabas, con o sin rima:

Casa de citas:
bombillas de colores,
tan eruditas)

tiene poco que ver con la forma genuina. En japonés, los versos de un haiku son, efectivamente, de 5, 7 y 5 moras (que no sílabas), pero tienen marca rítmica en la última. Esa marca les haría, en castellano, sumar una sílaba métrica, por final en aguda. El haiku de verdad viene a sonar así (con el acento agudo indicando marca rítmica principal y el grave marca secundaria, como en lòs espejísmos):

Mízudòri nó,
múne nì hashì okú
úkinè kaná.

Para conseguir algo similar en castellano habría que partir de una estructura de 6 / 8 / 6. Teniendo en cuenta eso y la posición de los acentos, quedaría algo de este jaez, que apaño sólo a beneficio de inventario:

Nieve en el umbral.
El invierno se descalza
y entra sin llamar.

Dudo que nos acostumbremos. Los hispanohablantes llevamos ya casi un siglo haciendo haiku a nuestra manera, enraizada en el folklore patrio: tercetillos en heptasílabos y pentasílabos que funcionan como una variante de la seguidilla, aromada, eso sí, con aires sentenciosos, frases nominales y flores de ciruelo. (Eso en el mejor de los casos: otras veces se trata de derrames de ingenio en verso libre, o tipográfico, como lo llama con acierto GC).

Aunque el haiku español tenga su origen en un error de interpretación (se conserva en apariencia el cómputo silábico original, pero se ignoran las marcas rítmicas que estructuran el verso), sería un error juzgarlo por su mayor o menor fidelidad a la forma japonesa. La pregunta es otra: como vehículo de expresión, ¿ha dado buena cosecha? Para ayudarles a sopesarlo, la defensa aporta esta antología urgente:

Pájaro muerto:
¡qué agonía de plumas
en el silencio!

(José Juan Domenchina)

Tregua de vidrio:
el son de la cigarra
taladra rocas.

(Basho / Octavio Paz)

Mi pueblo: todo
lo que me sale al paso
se vuelve zarza.

(Issa / Octavio Paz)

El hombre ha muerto.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas.

*

¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?

(Jorge Luis Borges)


sábado, 2 de diciembre de 2006

Al pasar la barca


Creo que, salvo en la dulce Memoria, no he dado nunca con un comentario de esta canción de corro. Una lástima, porque me encantaría saber qué ven otros en esa verdad del barquero: ¿cortesía? ¿Rapacidad? Da que pensar que el planteamiento permanezca fijo en todas las versiones, mientras que la respuesta de la niña, a partir de ni lo quiero ser, haya dado lugar a todo tipo de ocurrencias: además de la que elegimos nosotros, recuerdo a bote pronto yo pago dinero como otra mujer y arriba la barca de santa Isabel (indagando un poco más: tome usté el dinero y déjeme usted; yo pago dinero como otra mujer; tome usté el dinero y me embarcaré; maldito dinero, maldito parné; al pasar la barca, yo le pagaré; ¡arriba la rosa, arriba el clavel!). (Más aún, aquí.)

En tierra del sargento Pepper el invento lo han aprovechado antes, entre otros, las Grecas (rock lolailo) y Nacho Cano (sinfonismo naif). Nuestra versión sigue otra vía: coloca a la niña y su barquero en las inmediaciones de Haight-Ashbury.

Al pasar la barca
me dijo el barquero:
—Las niñas bonitas
no pagan dinero.

—Yo no soy bonita
ni lo quiero ser,
las niñas bonitas
se echan a perder.

Y al pasar la barca
me volvió a decir:
—Las niñas bonitas
no pagan aquí.





viernes, 1 de diciembre de 2006

El poeta alfonsí


Los poemas de Alfonso García Pecharromán, buen amigo perdido en combate, me han hecho cavilar bastante. Recuerdo su contrariedad cuando le decía que, a mi juicio, era un romántico empedernido: para él la historia del arte, a partir del XVII, había entrado en barrena.

Aunque le distingo negando con la cabeza, creo tener alguna razón. No sólo por su devoción, nunca negada, por Larra. Hay algo esencialmente romántico (y aun romántico de la primera hora) en su poética: ese impudor agreste que afronta por las bravas los sentimientos, utilizando sin anestesia las grandes palabras (amor, tristeza, alma). En cualquier otro contemporáneo esas premisas anacrónicas me harían ponerme en guardia; Alfonso, en cambio, logra que acepte como genuina, sin vuelta de hoja, esa manera suya de tomárselo todo a vida y muerte.

Su forma de sentir le hizo insensible a puntos esenciales de la sensibilidad contemporánea (pudor, sugerencia, observación irónica de los propios sentimientos). Gracias a eso, pudo rescatar un venero del que esa sensibilidad se ha declarado alienada para siempre.

Alfonso hablaba con admiración de Gesualdo, un músico que vivió en época renacentista pero compuso sus obras en un estilo único, a veces medievalizante. Sus contemporáneos dudaban si considerarlo un retrógrado o un loco. Probablemente fuera ambas cosas; pero el hecho es que al apartarse de la sensibilidad predominante, el asesino Gesualdo logró aciertos que no eran ni medievalizantes ni renacentistas: una obra realmente sui generis, exterior al camino pautado por la Historia del arte.

Con Alfonso pasa lo mismo. Se observa muy bien en las melodías que creó para algunos poemas latinos de Catulo: ni son medievales ni, presumiblemente, son romanas (¿cómo saberlo?). Sin embargo, suenan verazmente antiguas, ancestrales en un sentido más chamánico que arqueológico.

Lo que para casi todo el mundo estaba muerto, seguía en él vivo y cambiante, impredecible, abierto. Nadie más lejos de cualquier tipo de neoclasicismo (imitación servil, ajuste a regla): ni más cerca, acaso, de lo que puede ser el 'renacimiento' en cuanto continuidad inesperada de una memoria que se pretendía cancelada y de pronto aflora a borbotones. Lo peculiar de Alfonso es que su Renacimiento no lo era sólo de lo romano antiguo, sino también del Cancionero, de los Carmina Burana, del Arcipreste de Hita, de los renacentistas mismos, y de los grandes barrocos (Quevedo, Góngora y Baltasar de Alcázar en particular). Toda esa memoria vivía en él, al precio de que, por ejemplo, el blues, el flamenco y casi toda la música moderna le dejasen indiferente. Sacrificio: grave pérdida por grave ganancia, cegarse un ojo para ver mejor con otro.

El ojo que él se cegó es el que a la mayoría nos sirve de referencia. El que supo abrir, y ésa es la cuestión, ¿qué costra nos lo cubre?


Tras miradas de cerveza
y aquel vino rojo sangre
firmamos pacto sagrado:
yo hablé de amarte en silencio,
tú de sonreírme al lado.

Ahora tiemblas en mis manos,
yo te canto en mi destierro.
¿Qué error cometí, mi niña,
que merece tal castigo?
¿Qué cuesta tan alto precio?

Pido al Cielo que me enseñe
a bienamarte entre versos,
que entre abrazos ya no puedo:
que ni tus ojos consuelan
si en verdad me tienes miedo.

Alfonso, 3-8-95