domingo, 30 de abril de 2006

¿Qué ven mis nubes cansadas?


Para J.R.

Una mañana esencial
(1989): Tengo el suelo mojado, canta Bergia. Mis pies están duros.

En el reino de la hipálage los objetos se vuelven entrañas y el alma se replica, zalamera, en las cosas. Somos en lo que estamos, parte viva del paisaje que apura, sin miramientos, la más patética de las falacias. Según la etimología, no hay deslizamiento brusco, sino intercambio gradual: I mixed stones and water / just to see what it would do / and the water it got stoney / and the stones got watery too.

Sabemos qué hipálages sedujeron a Borges. Yo hago también memoria. Soy un niño anterior a la escritura que comprueba admirado cómo la luna sigue, obediente, el coche de papá. Lo recordaré, años después, leyendo a san Juan: Y el ventalle de cedros aire daba.

Mis hipálages favoritas, ya literarias, son japonesas. El libro de Rodríguez Izquierdo sobre el haiku:

¿Quién es el que se lamenta,
su barba soplando al viento,
por el solsticio de otoño?

Al atardecer
las voces de los patos
son vagamente blancas.

sábado, 29 de abril de 2006

El canto errante


Lo confieso: no podría llevarme bien con alguien que no lo admire. No digo que no lo intentara, llegado el caso. Pero hay que ver lo antipático que se me hace, pongamos, Cernuda confundiendo al maestro con una urraca que reúne en el nido (el poema) una babel de objetos brillantes. Sólo la patología puede explicar que alguien tan maltratado por los estereotipos fuera a despeñarse por uno tan injusto.
Con esa excepción dolorosa, lo amaron todos los que (me) importan. Juan Ramón el perfeccionista no halló coma que reprocharle. Valle-Inclán se rió de él amargamente, como de sí mismo. Aleixandre se lo encontró explorando en su pubis, y Neruda y Lorca dieron conferencias vocingleras en su honor. Para el exquisito Borges, sin él no habría nada —y el ascético Machado le dedicó un epitafio a toda tinta.
Imagino que a los popes de la lírica actual (poesía reciclable, sobaquera, empastada) les espantarán sus coéforas y sus faunos, su riqueza musical, su superioridad de Grecia Arcaica. Profetizo sin riesgo: él y Bradomín, que enterraron a Campoamor, seguirán vivos cuando el poeta recién cansado y los demás de la cuadrilla perezcan envueltos en papel de periódico.

Según Gerardo Diego, estos versos tardíos lo resumen. Es cierto que saben a epitafio: una pirueta tan arriesgada contra el espejo que, a no ser Lope o él mismo, ningún vate podría salir de ella con la sindéresis intacta. No por eso se engaña (—¡Mientes!). Su inigualada magia verbal tiene aquí el deje de alguien a quien los triunfos ya no le compensan. Tono menor para palabras mayores.


Eco y yo

A la Señora Susana Torres de Castex

Eco, divina y desnuda
como el diamante del agua,
mi musa estos versos fragua
y necesita tu ayuda,
pues, sola, peligros teme.
—¡Heme!
—Tuve en momentos distantes,
antes,
que amar los dulces cabellos
bellos,
de la ilusión que primera

era,
en mi alcázar andaluz
luz,
en mi palacio de moro
oro,
en mi mansión dolorosa
rosa.
Se apagó como una estrella
ella.
Deja, pues, que me contriste .
—¡Triste!
¡Se fue el instante oportuno!
—¡Tuno!...
—¿Por qué, si era yo suave
ave,
que sobre el haz de la tierra
yerra
y el reposo de la rama
ama?
Guiome por varios senderos
Eros,
mas no se portó tan bien
en
esquivarme los risueños
sueños,
que hubieran dado a mi vida
ida
menos crueles mordeduras
duras.
Mas hoy el duelo aún me acosa
—¡Osa!
—¡Osar, si el dolor revuela!
—¡Vuela!
—Tu voz ya no me convence.
—Vence.
—¡La suerte errar me demanda!
—Anda.
—Mas de ilusión las simientes...
—¡Mientes!
—¿Y ante la desesperanza?
—Esperanza.
Y hacia el vasto porvenir
ir.
—Tu acento es bravo, aunque seco,
eco.
Sigo, pues, mi rumbo, errante,
ante
los ojos de las rosadas
hadas.
Gusté de Amor hidromieles
mieles;
probé de Horacio divino,
vino;
entretejí en mis delirios
lirios.
Lo fatal con sus ardientes
dientes
apretó mi conmovida
vida;
mas me libró en toda parte
arte.
Lista está a partir mi barca
arca
do va mi gala suprema,
—Rema.
—Un blando mar se consigue.
—Sigue.
—La aurora rosas reparte.
—¡Parte!
¡Y a la ola que te admira
mira,
y a la sirena que encanta
canta!

viernes, 28 de abril de 2006

La casa (hexamétrica) del alma


Como en recuerdos que siempre se tienen de días más largos
que éramos todos, en fin, más pequeños y el mundo otro tanto.
No más allá de los radios de plata de las bicicletas
o el sorbo lento del gato que arranca la carne del alma.
Hay unas casas cerradas al fondo que no tienen timbres,
bares a los que no vamos jamás en la tarde tan fría,
parques debajo de vasos helados de oscura cerveza,
guerras que no se ganaron, catálogos plenos de yerba.
Hay lo que nunca se pueda negar porque sólo nos quede
dentro su hueco, y a veces el té de las manos heridas.
Ay de los besos que nunca se dan a parientes, abuelos,
tíos remotos del otro portal superior de la vida.
Besos que nunca se dan a beber y su lenta ruina
deja el sabor del azúcar podrida que manan los labios,
podre la miel que se canta y nos mata las ganas del cielo.
Como en recuerdos que siempre se tienen de versos más limpios,
cachos de cielo, cubitos de sangre, jardines de alambre.
Tityre tu patulae recubans sub tegmine fagi,
di si lo sabes el nombre de todas las cosas que faltan.
Nada de nada de nada de nada de nada de nadie.
Faltan las firmas de todos los niños y niñas del aire.

jueves, 27 de abril de 2006

Rosa en hexámetros


El tiempo fuma. El amarillo de estas hojas (La Rosa por Defecto, aquel insolente fanzine de poesía continua y alterna de hace sólo once años) tiene más de nicotina que de parque. Me pierdo visitando este ahora ya viejo, un lugar acogedor donde no tengo sitio. En una de las habitaciones, este poema de un viejo amigo abre sus ojos —o los míos.

Suena primero a decir es aquel pero tú y yo en el fondo
—tú porque yo pero yo porque tú, luego aquellos y aquello—.
Sigue después dando nombres —decir— abriendo los ojos,
ver y saber y decir a la vez pero entonces entonces
antes después porque al fin, y hay hoy porque ayer y mañana.
Puede seguir la canción pero ya no vale la pena.

(Rafael Herrera)

miércoles, 26 de abril de 2006

De se mirar su ynfierno deseosa


SONETO

A la orilla del agua estando un día
agena de cuidado una hermosa
de se mirar su ynfierno deseosa
por verse sola allí y sin compañía,

la saya alzó, que a vérselo ympedía,
y pagada de ver tan bella cosa,
le dijo con voz alta y amorosa
que allá dentro del alma le salía:

«Por vos soi yo de tantos reqüestada,
por vos me dan ajorca y gargantilla,
corpiño, saya y manto para el frío.

Un beso quiero daros». Y abajada
a darlo, por estar tan a la orilla,
trompicó de cabeza y dio en el río.

(Del Cancionero de Poesías varias.
Manuscrito 2803 de la Biblioteca Real de Madrid, 1582, pág. 156).

martes, 25 de abril de 2006

Quien gentil señora pierde


En esto'stoy y estaré siempre puesto. Palabras bellas —e silogísticas.

VILLANCICO

Quien gentil señora pierde
sin sabella conoscer
non deuría nascer.


Perdida dentro de un huerto
cogiendo rosas y flores
con lindo rostro cubierto
leno de dos mil colores:
ella me habló de amores,
no le supe responder.
Nunca deuría nascer.

Perdila sin ser sentido,
sin valor alto y extremos,
e assí el bien no conoscemos
hasta tanto que perdido:
el que pierde el conoscido
sin saberse conoscer
nunca deuría nascer.

Perdila para perderme
por el gran bien que perdí:
entiendan males en mí,
pues que no supe entenderme,
¿para qué quiero más verme?
Porque el que pierde el plazer
nunca deuria nascer.

(Del Cancionero llamado flor de los Enamorados sacado de diversos auctores, agora nuevamente por muy linda orden copilados, Barcelona, 1562)

domingo, 23 de abril de 2006

Aquellos besos


Era quizá fatalidad que un poeta capaz de escribir esto escribiera algo aún mejor que nos hiciera olvidarlo.

PORQUE ESTANDO ÉL DURMIENDO LO BESÓ SU AMIGA

Vos cometistes traición,
pues me heristes, durmiendo,
de una herida que entiendo

que será mayor pasión

el deseo de otra tal

herida como me distes,

que no la llaga ni mal
ni daño que me hecistes.

Perdono la muerte mía;
mas con tales condiciones,

que de tales traiciones
cometáis mil cada día;
pero todas contra mí,
porque, de aquesta manera,

no me place que otro muera

pues que yo lo merecí.

Fin

Más placer es que pesar
herida que otro mal sana:

quien durmiendo tanto gana,

nunca debe despertar.


sábado, 22 de abril de 2006

La caja de los truenos

Hay algo incontrolable, entrópico, en la evolución del significado de las palabras. Las hay que han terminado significando lo contrario de lo que una vez quisieron decir, como nimio (ayer «abrumadoramente prolijo» y hoy «sin importancia»). Otras, como falsos amigos, nos invitan a confiarnos y hacer una lectura apresurada.

Apócrifo es una de esas palabras. Hablar de evangelios apócrifos es hacerlo de evangelios «escondidos» —y eso sugiere enseguida la imagen de la Iglesia barriendo bajo la alfombra los restos de la sabiduría gnóstica.

Ben trovato —ma non vero. Fueron los propios gnósticos quienes llamaron así a sus escritos sagrados, considerando que debían esconderlos de ojos impíos o inexpertos. Apócrifo era para ellos sinónimo de esotérico, exclusivo para iniciados. Nada de repartir margaritas (o sea, perlas) a los cerdos.

Cuando alguien introdujo en una jarra los volúmenes que hoy llamamos la Biblioteca de Nag Hammadi y la enterró, el ocultamiento cobró un valor nuevo. Lo apócrifo pasaba a latente: el factor Cthulhu, como quien dice. ¿Cómo no recordar esas jarras, ollas, botellas o lámparas donde Salomón solía encerrar a los genios precitos, y cuyo descubrimiento viene a transformar la vida de quien las abre?

Es tentador pensar que los heresiólogos, como Ireneo de Lión, se sonrieran pensando que ellos sí que iban a esconder (y cómo) aquellos textos, borrándolos del mapa. Pero probablemente marramos. En su dialéctica no se trataba de esconder, sino de exponer, sacar a la luz aquellos textos (que resumen, parece que sin demasiada trapacería, y a veces citan fielmente) para que se viera lo que realmente daban de sí aquellas presuntas maravillas. Otro patrón mítico, por lo demás: el oro subterráneo de las hadas que se vuelve plomo (o estiércol) al contacto de la luz del día.

La voluntad de destrucción parece haber sido posterior, cuando ya no se piensa en lo herético como una ignominia oculta a desvelar y ventilar en la plaza pública, sino una planta maligna que desarraigar y extinguir. Lo que queda son cenizas de Drácula: por pocas que sean, siempre demasiadas. Se trata entonces de matar lo muerto, por eso mismo inmortal. Callar sobre los gnósticos, como quien evita mentar la bicha, es invitar a soñar sus libros perdidos, que urgen una reinvención.

Así que asistimos, hoy, a un cambio de estrategia que es en realidad un regreso al lugar del crimen: volver a exponer y analizar lo que fue (en cuidada edición de la BAC) para que se vea qué feo fue el difunto y qué poco se perdió con su muerte. Algo como esos desaparecidos orwellianos de 1984 que, tras años de tortura en el Ministerio del Amor, reaparecen del olvido para confesar su maldad e insignificancia.

Hoy hay sitio para todo: mientras los vulgarizadores del cuarto milenio reescriben los Evangelios Apócrifos como si fueran obra de Blavatsky o de los apóstoles de Ummo, los apologistas de la fe trabajan para convencernos de que son tardíos, sectarios e infieles a la Historia: existen, qué remedio, pero cuán deficientemente. Casi se borran solos...

¿Moralejas? Valga ésta: terminar siendo pasto de esta tropa no es mal castigo para la vanidad de aquellos enterados. Claro que quizá fuera un verdadero irónico quien, junto a las pruebas de una tradición disidente que otros querían borrar, encerró unas páginas de La República platónica: la más lograda apología de la censura, la reescritura interesada de la historia y el muñimiento de mitos ad hoc —todo en boca de un Sócrates que es ya él mismo sucedáneo y pretexto.

viernes, 21 de abril de 2006

Palabras encadenadas


Queríamos un libro informal, salvaje, incluso divertido, sobre la terapia, un libro que corra riesgos, rompa reglas, haga encenderse las luces rojas. Para hacer esto, optamos por un discurso hablado, entre amigos (y, por tanto, irreverente), y por la prosa conversacional propia de las cartas. ¿Por qué? Porque la psicoterapia quiere y exige ser cuestionada, e incluso atacada, de la forma que le es más grata: seria, contenida, educada —en otras palabras, como cualquier institución establecida, la industria de la psicoterapia quiere que nos dirijamos a ella aceptando sus códigos básicos de conducta y por tanto, por implicación, sus objetivos básicos de conducta. Pero si te pliegas a eso, entonces en vez de cuestionar esos códigos y objetivos estás quizá aceptándolos más de lo que crees, reforzándolos al jugar con sus reglas. (Michael Ventura y James Hillman, Llevamos cien años de psicoterapia y el mundo va a peor)

En 1984, de Orwell, se lleva al extremo este planteamiento: déjeme definir qué vocabulario es procedente y tú combínalo con libertad... Si el poder establecido consigue cerrar un código autorreferencial, de modo que hasta cualquier intento de rebelión tenga que utilizarlo, entonces todas las salidas quedan selladas.

Lo pensaba estos días a propósito de los disidentes cubanos. Resulta que cualquier persona que discrepe, en Cuba, de las directrices del Gobierno tiene dos posibilidades: intentar dejar claro que no es un disidente (haciendo crítica social / me perfumé de valiente: / creyeron que era disidente / y no era más que natural, canta Silvio Rodríguez) o aceptarse como tal. En ambos casos, uno se está definiendo en los términos que a la Dictadura castrista le son gratos: o uno está con la Revolución, y entonces cualquier crítica es meramente constructiva, cuestión de detalle, y será oportunamente tenida en cuenta si se vehicula por los conductos correctos (o sea, el Partido); o bien se declara disidente, es decir, enemigo de la Revolución —y entonces abre el camino a que lo aprisionen, censuren, humillen públicamente, exilien y detesten. Otra vez la mano de hierro y la de lana...

jueves, 20 de abril de 2006

Cantautor por cantautor


Me acojo a Ausias March. Este vago metamorfo:

Por lo que es hoy no siento algún amor,
sino por el pasado, que es nada y ya se ha ido.
Me deleito pensando en aquello que ha sido
pero cuando lo pierdo se agrava mi dolor.
Como el reo soy yo, tiempo atrás condenado,
que asumió que le espera sin remedio la muerte
y le hacen creer que ha cambiado su suerte
y lo matan después de tenerlo engañado.

miércoles, 19 de abril de 2006

...y escucho entre las voces sólo una


Bob Dylan Blues

Got the Bob Dylan blues
and the Bob Dylan shoes
and my clothes and my hair’s in a mess,
but you know I just couldn’t care less.

Goin’ to write me a song
'bout what’s right and what’s wrong,
'bout God and my God and all that,
quiet while I make like a cat.

'Cause I’m a poet,
don’t ya know it,
and the wind, you can blow it,
'cause I’m Mr. Dylan, the king,
and I’m free as a bird on the wing.

Roam from town to town,
guess I get people down,
but I don’t care too much about that
'cause my gut and my wallet are fat.

Make a whole lotta dough,
but I deserve it though.
I’ve got soul and a good heart of gold,
so I’ll sing about war in the cold.

Well I sing about dreams
and I rhymes it with seems
'cause it seems that my dream always means
that I can prophesy all kinds of things.

Well the guy that digs me
should try hard to see
that he buys all my discs and a hat
and when I’m in town go see that.

'Cause I'm a poet...

(SB)

*

The eagle picks my eye,
the worm he licks my bone,
I feel so suicidal
just like Dylan’s Mr. Jones.

(B)

*

Don't believe in Zimmerman

(JL)

*

You got to serve yourself,
ain't nobody gonna do for you.
You may believe in devils
and you
may believe in laws
but if you don't go out and serve yourself,
lad, there ain't no room service here.

(JL)

*

I was a young man back in the 1960s.
Yes, you made your own amusements then,
for going to the pictures;
well, the travel was hard, and I mean
we still used the wheel,
but you could sit down at your table
and eat a real food meal.

But hey, you young people, well I just do not know,
and I can't even understand you
when you try to talk slow.

There was one fellow singing in those days,
and he was quite good, and I mean to say that.
His name was Bob Dylan, and I used to do gigs too
before I made my first million.
That was way, way back before,
before wild World War Three,
when England went missing,
and we moved to Paraguayee.

But hey, you young people, I just do not know,
and I can't even understand you
when you try to talk slow.

(ISB)

*

Oh, hear this, Robert Zimmerman,
I wrote a song for you
about a strange young man called Dylan
with a voice like sand and glue.
Some words of truthful vengeance,
they could pin us to the floor.
Brought a few more people on
and put the fear in a whole lot more.

(DB)

*

Enciendo la radio
y sale Bob Dylan cantando,
estoy desesperado
y mi mente comienza a girar.

(T)

*

Mr. Tamburino,
non ho voglia di scherzare.
Rimettiamoci la maglia,
i tempi stanno per cambiare.

C' chi si mette degli occhiali da sole
per avere pi carisma e sintomatico mistero...

(FB)

*

Que tiene que llover, tiene que llover,
tiene que llover,
que tiene que llover
a cántaros.

(PG)

*

And if we never meet again,
baby, remember me,
how my lone guitar played sweet for you
that old-time melody
and the harmonica around my neck,
I blew it for you, free.
No one else could play that tune,
You know it was up to me.

(BD)


martes, 18 de abril de 2006

La memoria de Johanna


Platón habla de la escritura como fármaco de la memoria: ayuda contraindicada, medicina y veneno. Del envenenamiento progresivo de poesía y memoria a manos de la escritura proviene su cadáver: la mera literatura, y en su extremo el verso libre, esencialmente escrito: mariposa en papel que no vuela.

Tres momentos (uno ya evocado aquí): Bécquer volviendo a poner por escrito, sin esfuerzo, sus poemas, tras perder el único registro escrito de los mismos; Dylan, a la pregunta de cómo retener en la memoria textos tan complejos como el de Visions of Johanna, laminando al periodista: «¿Y a usted le cuesta entender eso? Significaban tanto para mí...»; Rosetti, al morir su amada, arrojando al ataúd un tomo manuscrito de poemas. Años más tarde —fruta escarchada.

Inside the museums, Infinity goes up on trial.
Voices echo this is what salvation must be like after a while.
But Mona Lisa musta had the highway blues,
you can tell by the way she smiles.


ST: People have an idea of your songs freely flowing out from you, but that song and many others of yours are so well-crafted; it has as ABAB rhyme scheme which is like something Byron would do, interlocking every line.

Dylan: Oh, yeah. Oh, yeah. Oh, sure. If you've heard a lot of free verse, if you've been raised on free verse, William Carlos Williams, e.e. cummings, those kind of people who wrote free verse, your ear is not going to be trained for things to sound that way. Of course, for me it's no secret that all my stuff is rhythmically oriented that way. Like a Byron line would be something as simple as "What is it you buy so dear/with your pain and with your fear?" Now that's a Byron line, but that could have been one of my lines. Up until a certain time, maybe in the twenties, that's the way poetry was. It was that way. It was... simple and easy to remember. And always in rhythm. It had a rhythm whether the music was there or not.

ST: Is rhyming fun for you?

Dylan: Well, it can be, but, you know, it's a game. You know, you sit around... you know, it's more like it's mentally... mentally... it gives you a thrill. It gives you a thrill to rhyme something you might think, "Well, that's never been rhymed before." But then again, people have taken rhyming now, it doesn't have to be exact anymore. Nobody's going to care if you rhyme 'represent' with 'ferment,' you know. Nobody's gonna care.

lunes, 17 de abril de 2006

Los gentiles


Los gentiles

No llega a ser verdad que somos doce
ni corre un pez azul por nuestras venas
en acróstico;
no sueña nuestra madre sin semillas
humedades
ninguno de nosotros vive en Patmos;
no hemos llegado a Roma en barcos viejos
ni hay un pastor que esquile nuestras greñas
murmurando palabras mojadas.

No somos nazarenos. No veremos la venida.

Que alguien me explique entonces
qué se nos ha muerto.
Por qué vamos de negro.
De quién eran
estos sueños.

sábado, 15 de abril de 2006

Salud y República


Dada la calaña de los que atacan la idea de república en general, y nuestra Segunda República en particular, sentirse republicano resulta inevitable por mera respuesta inmunológica. Son años asistiendo al lavado de cerebro de los niños con concursitos (pinta a tu rey), soportando con incredulidad en los periódicos la censura sistemática sobre los negocios y putiferios borbónicos y manteniendo con nuestros impuestos a esa casta de cabezas huecas incapaces de leer sin errores (de redactar ya ni hablamos) el más sencillito de los discursos.

Cuando encima pretenden asustarnos con el Coco, prometiéndonos el caos y el rechinar de dientes si pedimos algo tan sensato como elegir por sufragio a quien ha de representarnos, sólo queda felicitarles por haber apartado al fin la careta. La transición era esto, oiga. O transiges o te enteras.

Pero es que hay mejores razones. Uno podría encontrarse republicano (y deuterorepublicano en concreto, por así decir) sólo por esta

anécdota contada por María Zambrano sobre el 14 de abril en que se proclamó la República luego desventurada. (...) Estaba María con su hermana Araceli en la Puerta del Sol, ya a la caída de la tarde. Un hombre con camisa blanca, fosforescente casi bajo un reverbero, abrió los brazos (repitiendo sin saberlo la trágica imagen goyesca) y lanzó un viva a la República, seguido de otro viva a España, algo más inusual como explica Zambrano: «Después la han nombrado mucho; nosotros no la nombrábamos, pero no porque fuésemos antipatria, sino todo lo contrario, porque la dábamos por supuesta. El caso es que, abriendo los brazos, el hombre de la camisa blanca lanzó un grito que andaba buscando y que al fin le salió: "Y muera... pues ¡que no muera nadie!". Y gritó por tres veces: "¡Que no muera nadie! ¡Que viva todo el mundo! ¡Que viva la vida!"» (Fernando Savater, Mira por dónde).

viernes, 14 de abril de 2006

jueves, 13 de abril de 2006

El país de los tuertos



La derecha: resaca con pretensiones de lucidez. Frente al desafío (en el fondo el mundo está bien, pero nosotros no acabamos de montárnoslo acordemente), la complacencia en la ruindad (en el fondo, todo es una mierda y lo que hemos sabido montar, cutre o no, es lo que hay y hay que apencar). No la toques más, que así es la fosa.

La desilusión, el desencanto de este o aquel espejismo, hace olvidar que la vocación de iluso es persistente. El que iba de enterado de la Revolución orgasma ahora desalmando ingenuos: sigue siendo el mismo listillo. Dinero, saber estar, buenos vinos: cualquier cosa sirve para seguir montando el tenderete. Sedicentes escépticos, exhalan convicción: creen de buena fe que lo han visto todo. Ojo el día que sospechen que algo (el tiempo, la oportunidad, una puerta fugazmente abierta) pasa y les pasa —desapercibido. Todo lo que me importa y no sé traducir cabe de sobra en esa sospecha.

martes, 11 de abril de 2006

Versiones de Judas



Sorpresas de lo eterno. Creíamos que Borges (y, en el fondo, así es) había agotado las posibilidades de una hipotética rehabilitación de Judas. Propp ya nos contó, por otra parte, que Judas fue un Edipo sin suerte. Surge ahora este evangelio gnóstico, que hace de Judas un prototipo de Severus Snape, condenado (si Rowling no dispone otra cosa) a matar a su maestro como último sacrificio que éste le exige.

En el revoloteo de medias verdades (dirán que mientes dos veces / si dices la otra mitad), oímos que la Iglesia católica actual no tiene nada que temer ni ocultar. Cierto: no hay edición española de los Apócrifos más galana que la bilingüe de la Biblioteca de Autores Cristianos, ni estudio menos tendencioso que la Cristología gnóstica del católico padre Orbe. Tan cierto como que este noble respeto filológico por la verdad es una mutación relativamente reciente de una Iglesia que, antaño, se entregó con fruición a la quema de cuantos escritos pudieran descarriar almas.

La mar de fondo, si no me equivoco, sigue siendo la de Eustacio: Amo lo que es de un solo modo, conforme a Dios, y rechazo lo de muchas apariencias al modo de la Empusa. Es el pluralismo, la presencia de versiones (y lecturas) discrepantes de un mismo relato, lo que turba a los adeptos del monótono-teísmo. La mera existencia de cuatro evangelios, por muy canónicos que sean, resulta ya un tanto ofensiva —como testimonian las horas invertidas en forzarlos a trabajosa concordia. Las aportaciones de los apócrifos no gnósticos (que incluyen bagatelas como el número y nombre de los Reyes Magos, la virginidad de María antes y después del parto, el nacimiento en una cueva, el portal de Belén, la mula y el buey, la figura de un José anciano...) han entrado en la tradición por la puerta de atrás, procurando borrar su procedencia. Digerir en serio la cristología gnóstica es, todavía, labor de vanguardia de Orbe y algún otro especialista. En plan divulgación, seguiremos leyendo que según los gnósticos Dios quiere el mal en el mundo: una traducción del copto al católico digna del Babelfish de Altavista.

lunes, 10 de abril de 2006

Dorila en Neverland



Claro que en la Complutense de la primera mitad de los 90 también estaban esos profesores nefastos, infiltrados en el vello público como una plaga de ladillas. De los peores, un tal Escartín, que el año que lo sufrí despachaba la Literatura Española del XVIII al XX. Entre bufidos arrabalescos, este genio de las letras fusilaba las explicaciones de Bousoño sobre Machado y Lorca y las presentaba como propias, presumiendo (por desgracia, con razón) que ninguno de los presentes reconoceríamos la fuente. Ay.

Uno de los chistes malos de Escartín es que la miseria del neoclasicismo y romanticismo españoles venía anunciada en los nombres de sus próceres: Cadalso, Zorrilla… ¿Cómo tomárselos en serio?

Aunque nunca acepté su descalificación del romanticismo (¿Chopin y Bécquer dos cursis mediocres? ¡Que te jodan!) durante mucho tiempo he conservado del XVIII una visión escartínica, simplista: pura fobia.

El destino, elegante pero implacable, me obliga ahora a leer (y glosar) a todos los proscritos: el sofista Feijoo, el chilabista Cadalso …y el cursi entre los cursis, Meléndez Valdés. Cómo le cuento yo ahora a los amigos lo que, contra todo pronóstico, me ha gustado esta endecha anacreóntica, digna, como quien dice, de Peter Pan y Campanilla.

De mis niñeces

Siendo yo niño tierno

con la niña Dorila
me andaba por la selva
cogiendo florecillas,
de que alegres guirnaldas
con gracia peregrina,
para ambos coronarnos,
su mano disponía.
Así en niñeces tales

de juegos y delicias
pasábamos felices
las horas y los días.
Con ellos poco a poco
la edad corrió de prisa,
y fue de la inocencia
saltando la malicia.
Yo no sé; mas al verme
Dorila se reía
y a mí de sólo hablarla

también me daba risa.
Luego al darle las flores
el pecho me latía
y al ella coronarme

quedábase embebida.

Una tarde tras esto
vimos dos tortolitas,

que con trémulos picos
se halagaban amigas
y de gozo y deleite,

cola y alas caídas,
centellantes sus ojos
desmayadas gemían.

Alentonos su ejemplo,
y entre honestas caricias
nos contamos turbados
nuestras dulces fatigas;

y en un punto cual sombra
voló de nuestra vista

la niñez, mas en torno

nos dio el Amor sus dichas.


domingo, 9 de abril de 2006

Y me cortaron el pelo


Hablábamos, hoy, de monjas, su dulzura empedrada que cantaron Machado o García Lorca. Estos versos los cantaba (y los canta) mi madre, y aunque Joaquín Díaz lo intenta, no es lo mismo. Cierra el ciclo de romances —y va por ustedes.

Monja a la fuerza

Una tarde de verano
me sacaron de paseo
y al revolver una esquina
me encontré un convento abierto.
Salieron cuatro monjitas
todas vestidas de negro;
con una vela en la mano,
que parecía un entierro.
Me metieron en la caja
como si me hubiera muerto;
me encendieron cuatro velas
y me cantaron el credo.
Me sentaron en la silla
y me cortaron el pelo.
Pendientes de mis orejas
y anillitos de mis dedos;
lo que más sentía yo
era mi mata de pelo.

sábado, 8 de abril de 2006

Armas tomar


LA DONCELLA GUERRERA (ó)
(Doncella guerrera: IGR 0231)

Lugar: Navalmoral de la Mata
Fecha: 10-5-2003
Informante: Guadalupe Alegre.

Y en Sevilla a un sevillano
la desgracia le dio Dios:
de siete hijas que tuvo

y ninguna fue varón.

Y un día la más pequeña

la vino la inspiración

de irse a servir a la patria

vestidita de varón.

—Hija mía, no te vayas,

que te van a conocer

con ese pelo tan largo
y esa cara de mujer.

—Padre, si lo tengo largo,

padre, me lo cortaré
y con el pelo cortado

y un varón pareceré.

Siete años estuvo en guerra

y nadie la conoció

y un día monta a caballo,

la espada se la cayó.

—¡Maldita sea la espada

y maldita sea yo!—

y el rey que la estaba oyendo
de ella se enamoró.



El tema de la doncella guerrera, de hondas raíces folclóricas, sigue siendo muy bien recibido en la moderna cultura de masas: pensemos en el personaje de Éowyn, de El Señor de los Anillos, o en Mulan, de los estudios Disney.

El romance español es, al parecer, considerablemente antiguo: aunque no conservamos ninguna versión completa anterior al siglo XIX, los dos primeros versos aparecen citados en la comedia Aulegraphia del dramaturgo del XVI Jorge Ferreira de Vasconcellos.

Las versiones se dividen en dos familias: la primera, muy rica en detalles, comienza indicando que se produce una guerra y que el cabeza de familia maldice a su mujer por no haberle dado un varón (en algunos casos, esto supone que tendrá que ir él mismo a filas); la hija menor sale en defensa de su madre y se ofrece para ir a la guerra vestidita de varón; el padre o la madre tratan de disuadirla, indicándole los rasgos que denuncian su condición femenina, pero ella los rebate, mostrando cómo ocultará en cada su caso su feminidad. Acude a la guerra y tiene éxito en ella, pero el hijo del rey sospecha su verdadera naturaleza y pide consejo a su madre. Ésta le indica una serie de pruebas que el príncipe va aplicando a la doncella guerrera para intentar que se delate; tras vencer en algunas de ellas, fracasa en la última. Una vez descubierta su identidad, el joven le declara su amor.

La otra familia, a la que pertenece nuestra versión, ha reducido al mínimo los elementos: se nos dice sólo que el padre es infeliz por no tener un varón, y la hija se ofrece a pasar por tal en la guerra. Sigue un breve diálogo sobre las dificultades de tal travestismo, y después se nos narra muy sumariamente el éxito en la guerra. La doncella se delata sola, sin que el príncipe le ponga ninguna prueba, al referirse a sí misma en femenino: Maldita sea yo. El rey oye estas palabras y se enamora de ella.

viernes, 7 de abril de 2006

¡Ay, niñas, las de la torre!


ROMANCE DEL CUETU-LLORO
(tradicional —o no— asturiano)

¡Ay, niñas, las tres garridas!
¡Ay, niñas, las de la torre!
¡Ay, salen de madrugada!
¡Ay, salen a coger flores!
¡Ay, qué florido está el soto!
¡Ay, qué relumbres y olores!
¡Ay, cómo ríen los prados!
¡Ay, qué alboradas se oyen!
¡Ay, qué linda mariposa

ante las niñas se pone!
El cuerpo tiene de espuma,

las alas de tres colores.

¡Ay, que inocentes la siguen...!
¡Ay, que se van hacia el bosque!
¡Ay, que allí está el Cuetu-Lloro!

¡Ay, que dó van no conocen!
¡Ay, que una xana hechicera
lavando está en Fuente Noble,

lavando cadejos de oro,

vestida de mil primores!

¡Ay, que la vieron sus ojos,

sus lindos ojos traidores!

¡Ay, que riendo las llama!

¡Ay, que quién es no conocen!


Al Cueto Lloro,
niñas, venid,
que un zurrón de oro

tengo yo allí...


¡Ay, con su gracia les roba,
les roba los corazones!
¡Ay, fuera de sí la miran!

¡Ay, fuera de sí la oyen!

¡Ay, que prendidas las lleva

con cadenitas de flores!
¡Ay, que inocentes la siguen!

¡Ay, que embelesadas corren!
¡Ay, que la cueva se abre!
¡Ay, qué sonidos acordes!
¡Ay, que se ve un paraíso!
¡Ay, que relucen tres soles!
¡
Ay, que por ella la xana,

ay, que por ella se esconde!

¡Ay, que las niñas la siguen!
¡Ay, que dó van no conocen!

¡Ay, que la cueva se cierra!
¡Ay, que en su seno las coge!

¡Ay, que allí quedan cautivas!

¡Ay, que han muerto los tres soles!
¡Ay, que dentro suenan llantos!

¡Ay, que la fuente no corre!

¡Ay, que la culebra canta!

¡Ay, niñas, la de la torre!

miércoles, 5 de abril de 2006

Cazador que vas cazando


Está ese viejo tópico de que la literatura española es alérgica a lo fantástico. De acuerdo, si concedemos que el infante don Juan Manuel, Espronceda, Bécquer y Cunqueiro (por citar sólo cuatro ases) son en realidad venusinos. El Romancero ha sufrido la misma simplificación. Y sin embargo...

CAZADOR QUE VAS CAZANDO (í.a)
(La Infantina + Caballero burlado + Hermana cautiva: IGR 0164 + 0100 + 0169)

Informante: Guadalupe Alegre García, de Jaraíz de la Vera.
Fecha de nacimiento: 1 de julio de 1955.
Lugar: Navalmoral de la Mata.
Fecha: 31-3-2003.
Recopilador: Alejandro González.

Cazador que vas cazando,
cazando de noche y día.
Los perros iban cansados,
la caza no parecía.
Se ha parado a descansar
al tronco de una hermosa encina.
El tronco era de oro,
las ramas de plata fina
y en la cogolla más alta
y había una hermosa niña
con una mata de pelo
que toa la encina cubría.
—No te asustes, cazador,
que soy una hermosa niña
que en el vientre de mi madre
me maldijo una tia mía
que tenía que estar penando
siete año(h) en esta encina
y hoy los cumplo, cazador,
al punto de mediodía.
Si me quieres esperar,
iremos en compañía.
—¿Dónde montaré a mi bella,
dónde montaré a mi blanca?
—Y en las jancas del caballo
para mayor honra mía.
Y a la mitad del camino,
la niña se sonreía.
—¿Por qué sonríes, mi bella?
¿Por qué sonríes, mi blanca?
—Me río de ti, cazador,
que las espuelas se te olvidan.
Mi padre fabrica el oro,
mi madre la plata fina
y un hermanito que tengo
se dedica a cacería.
—Abrir puertas y ventanas,
balcones y galerías.
Creí que traía una novia
y traigo a una hermana mía.

Estamos ante un poema extremadamente interesante por dos razones: los elementos maravillosos que contiene, poco comunes en el Romancero, y la fusión en un solo texto de elementos procedentes de distintos romances (contaminación).

Elementos maravillosos

El narrador ha sabido aprovechar en esta historia de encantamiento dos poderosas creencias populares: la que concede a la palabra poder mágico para encauzar el destino y la que imagina ciertos árboles (en especial, las encinas) como morada de enigmáticas mujeres sobrenaturales.

La doncellita o infantina que da nombre a este romance es víctima de la maldición que (por razones que no vienen al caso) su tía lanzó contra ella cuando era aún un bebé en el vientre de su madre: durante siete años (número mágico donde los haya), ha estado penando, subida en la cogolla (copa) más alta del árbol, esperando la llegada de un mancebo capaz de rescatarla y hacerla suya.

Trama de La infantina

Conservamos dos versiones antiguas de este romance, incluidas en el Cancionero de romances que se publicó hacia 1548 y en la segunda edición del mismo, de 1550. La primera versión es muy breve (34 octosílabos): el cazador recibe con inoportuna vacilación la oferta de la niña de ser su mujer o amante (amiga): promete acudir a pedir consejo a su madre sobre ambas opciones, y la niña se queda sola en la montiña, tras lanzar una elocuente maldición:

¡Oh, malhaya el caballero
que sola deja a la niña!

En la segunda versión, considerablemente más larga (añade 16 octosílabos), el caballero vuelve tras consultar a su madre (que le aconseja tomarla por amiga), pero para entonces es demasiado tarde: la niña ya no está. A lo lejos, alcanza a ver cómo se la lleva un cortejo con muy gran caballería. Abochornado, él mismo se condena a muerte por haber dejado escapar una ocasión como aquélla.

Contaminación: La infantina + El caballero burlado (A + B)

No es éste, sin embargo, el desarrollo que encontramos en nuestro texto: a partir del verso 23, la trama se aparta de la usual en La infantina. Este desvío se debe a una contaminación, es decir, un cruce o fusión entre elementos de dos o más romances distintos. En nuestro caso, La infantina sufrió desde fecha temprana una tendencia a fundirse con otro romance denominado El caballero burlado.

Un repaso a la trama de éste nos ayudará a entender cómo ha sido posible esta confluencia: sus protagonistas son, como en La infantina, un joven inexperto en amores y una hermosa niña, con la cual topa al pararse junto a un árbol. En las versiones puras de El caballero burlado, la acción nos presenta a una joven noble que parte sola hacia París, donde le esperan sus padres. En el camino, se detiene a descansar bajo las ramas de un roble. La encuentra allí un caballero, que se dirige también hacia la ciudad. Caballeroso, le ofrece llevarla hasta allí en su caballo. La niña se sienta en las ancas del caballo, mientras él ocupa la silla. Durante el camino, él la requiere de amores, pero ella le previene que es hija de leprosos (malatos) y puede contagiarle la enfermedad. Crédulo, el caballero desiste de su propósito, pero a la entrada de París ve con inquietud que la niña se sonríe a costa de su ingenuidad:

Ríome del caballero y de su gran cobardía:
tener la niña en el campo y catarle cortesía.

Tarde quiere el caballero dar marcha atrás: la muchacha le advierte (¿otro farol?) que es hija de los reyes de Francia, y que el hombre que a mí llegase, muy caro le costaría.

En el tramo central del poema (vv. 23-32), nuestra versión ha asimilado dos elementos característicos de El caballero burlado: la decisión de montar a la dama en las ancas (jancas) del caballo y la risa de la niña a cuenta del caballero, en este caso justificada por el detalle de que las espuelas se le olvidan.

Nueva contaminación: con La hermana cautiva [(A + B) + C]

Sin embargo, el final de nuestro romance tampoco es el propio de El caballero burlado. La razón de ello es que (como confirmando la observación de que no hay dos sin tres) un tercer romance en discordia se ha cruzado en el camino de nuestro texto. La semejanza de la historia del cazador-caballero y la niña encantada que se burla de él con aquélla del joven que sale a buscar esposa y encuentra una mora lavando paños en la fuente fría (romance de La hermana cautiva) ha llevado, en algún momento de la trasmisión de este poema, a cruzar los argumentos de ambas historias, produciendo una nueva contaminación de los tres romances.

Por desgracia, tampoco en este caso llega a buen puerto la que en principio parecía una prometedora historia de amor. Como ya sabemos, en La hermana cautiva, cuando la mora o niña ve las tierras a las que su caballero la lleva, reconoce en ellas su tierra natal, y se produce una inesperada anagnórisis o reconocimiento: rescatador y rescatada son, sin saberlo, hermanos carnales, separados tiempo atrás por el destino.

Así pues, tenemos integrados en un solo poema elementos argumentales que pertenecen en origen a tres romances distintos: los versos 1-22 corresponden al planteamiento de La infantina; entre el 23 y el 32 se ha incorporado material de El caballero burlado y del 33 al 40 la historia se resuelve según el molde de La hermana cautiva.

El hecho de que los tres poemas compartan la rima en í.a ha resultado, sin duda, determinante en su contaminación. Pero el impulso principal viene del planteamiento común a todos ellos: lo que comienza como un prometedor chico encuentra chica se ve frustrado por la indecisión del hombre, que depende enfermizamente de su madre (La infantina); por su credulidad y falta de arrestos (El caballero burlado); o por el tabú del incesto (La mora cautiva).

Amores imposibles con mujeres maravillosas

Conviene en este punto recordar que las historias de amor entre una mujer sobrenatural (una sirena, por ejemplo: o la selvática Melusina) y un hombre mortal casi nunca terminan bien. Recordemos a vuelapluma algunas de ellas. De Anquises, el padre del héroe Eneas, nos cuenta el Himno homérico a Afrodita que por haber presumido del amor que le dispensó esta diosa quedó baldado para siempre, debiendo su hijo llevarlo a cuestas cuando lo sacó de la incendiada Troya. Para poder correspoder al cariño que por él sentía la diosa Luna (Selene), Endimión accedió a quedar hechizado en un sueño eterno. Otra diosa, en fin, la de la Aurora (Eos) se encaprichó de un tal Titono y lo llevó a vivir consigo, tras pedir y obtener para él la inmortalidad. Por desgracia, se olvidó de solicitar algo igualmente importante: la eterna juventud, y por ello el amante fue convirtiéndose con el paso de los años en un residuo vivo pero ancianísimo, un juguete gastado del que la diosa no tardó en cansarse, transformándolo en cigarra. Del pastor Dafnis se contaba que se enamoró de él una ninfa llamada Nomia, «la Pastora», y accedió a vivir a su vera, con la sola condición de que jamás mirase a otra mujer; tan pronto incumplió su palabra, lo dejó ciego.

En el folklore peninsular, las historias sobre encantadas, hadas, mouras o xanas están sujetas a finales igualmente frustrantes, aunque de otra naturaleza, más similar a la peripecia de nuestro romance: el joven que topa con la encantada recibe el encargo de cumplir una prueba (por ejemplo, la dama le advierte que habrá de llevarla en brazos desde su cueva hasta una playa vecina). En el momento de la verdad, el mortal pifia la prueba por cobardía, debilidad o mera torpeza (por ejemplo: a medida que se aleja de la cueva y se desencanta, la xana empieza a pesar más y más; al llegar a la playa, estalla una terrible tormenta y el hombre, asustado y abrumado por el peso, deja caer a la dama) y la encantada ve reforzada la maldición que cayó sobre ella, debiendo permanecer para siempre en su cárcel mágica.

Detrás de todas estas historias late una ambivalencia muy masculina ante la figura de la mujer maravillosa (¿ángel? ¿demonio?), cuyas complejidades superan su limitado entendimiento: el hombre imagina a esta dama sobrenatural sobremanera deseable, pero esa misma perfección le hace consciente, por contraste, de su propia naturaleza mortal, inferior e imperfecta. Temeroso de no dar la talla, explora sus sentimientos de atracción y rechazo en este tipo de historias ambiguas, de las que no se sabe qué conseja sacar: si será cierto que quien busca pan de trastrigo, busca su propio castigo, por lo que lo es mejor no entregarse a aventuras amorosas con mujeres superiores e indomeñables, de vericuetos imprevisibles; o si la ocasión la pintan calva, y lo que se deja por hacer es lo único realmente imperdonable, como advirtiera Silvio Rodríguez:

Los amores cobardes no llegan
a amores ni a historias, se quedan allí:
ni el recuerdo los puede salvar
ni el mejor orador conjugar.

Parece increíble que en un texto tan breve y sencillo como el de nuestro romance se pueda condensar un contenido simbólico de tanto calado, y que la historia de su formación sea tan enrevesada. Pero ése es el milagro de la tradición: ir despojándose de lo accesorio y logrando decir más con menos. Sólo mediante esa sabia confusión, que da un giro creativo al olvido y a la técnica del remiendo, pueden tres romances distintos devenir uno solo, en virtud tanto de sus semejanzas exteriores, formales (medida, rima, coincidencia en la tipología de los personajes y en un punto clave del escenario: el árbol) como de una semejanza mucho más profunda (el desencuentro amoroso entre una dama en apuros y un caballero que, pese a desearlo, no logra ser su príncipe azul).

Análisis detallado de nuestra versión

El texto resultante de tan larga historia tiene algún punto desconcertante (si no fuera por las otras versiones que conocemos de El caballero burlado, ¿cómo entenderíamos que la niña se ría tanto por el olvido de las espuelas?), pero no por ello deja de ofrecernos una historia coherente y muy atractiva.

Como si acabara de abrirse el telón, aparece en escena el cazador, al que el narrador (¿o es la propia niña?) se dirige en una sorprendente pero eficacísima segunda persona: cazador que vas cazando (nótese en estas palabras el aprovechamiento habilísimo de las posibilidades del políptoton y la aliteración). Su búsqueda ha sido hasta ahora tan prolongada (de noche y día) como inútil (los perros iban cansados, / la caza no parecía). Lejos de sorprender a su presa, va a ser él el sorprendido (cazador cazado) por esa niña que le habla desde lo alto, dominando un árbol mágico de tronco dorado y ramas argentinas: un poco, salvando lo que de dispar hay en las apariencias y en los contenidos, como aquel otro soldadito o pastorcico que ve bajar del monte a la Serrana y se ve igualmente embarcado por esta dama que baja de lo alto en una aventura amorosa que amenaza superarlo. Si la Serrana tiene un pelo larguísimo, que a los zancajos le llega, el de esta niña aparentemente más dulce pero no menos ligada a la naturaleza salvaje cubre, incontenible, toda la encina. Uno tiene casi la tentación de recordar esas coplas obscenas en que el hombre evoca con picardía el miedo que sintió la noche de bodas al ver aquel gato negro / las barbas que me ponía.

Miedo pasa el cazador, a juzgar por las primeras palabras que la moza le dirige: No te asustes, le dice. Todo tiene su explicación: si ella está como atrapada en aquella maraña maravillosa y algo uterina de pelos y resplandores es porque no le han dejado nacer como Dios manda. Quiso su tía maldecirla en la barriga de su madre, por causas que sólo a ella (que no al narrador ni a nosotros) se le alcanzan. Siete años (como siete meses de embarazo) ha estado ella penando en aquella encina, y el plazo del encanto se cumple justo en esta hora mágica del mediodía (esa hora extraña en que los cuerpos no arrojan sombra, y es imposible por ello distinguir a los vivos, que gozan de ella, de los fantasmas, a los que la experta mirada del sol niega toda consistencia).

Aunque nuestro cazador no es víctima de la indecisión en tan gran medida como el de las versiones puras de La infantina, no deja de ser significativo que su única respuesta a la proposición de la muchacha sea una duda planteada por dos veces:

—¿Dónde montaré a mi bella,
dónde montaré a mi blanca?

Notemos cómo el romance, tan parco en palabras o versos de más, se acoge aquí a una vieja convención que frena o detiene el discurrir de los hechos: dentro de un par de versos, el segundo (portador de la rima asonante) se construye como imagen o eco del primero, cuyo significado reitera, al tiempo que cambia las palabras del final y con ellas la rima. Tal redundancia nos envía muy atrás en el tiempo, a las morosas cantigas de amigo medievales, que hacían ya de este repetir lo mismo con distinta palabra y melodía uno de sus rasgos más notables. Este contraste entre la forma (que cambia) y el sentido (que permanece) se corresponde íntimamente con la poética transformadora del Romancero en su conjunto: cada versión de un romance es distinta de las demás en un número, a menudo considerable, de variantes; y sin embargo mantiene el sentido subyacente, tal como la intuición (más bien que la reflexión) de los distintos trasmsiores y reformuladores sabe percibirlo.

Ahora bien, resulta que esta morosidad formular está aquí plenamente justificada desde el punto de vista dramático: pues el cazador, indeciso, repite por segunda vez la pregunta como tomándose (inútilmente) un tiempo extra para resolverla. De paso, probablemente está diciendo más de lo que su pudor querría: es difícil pensar que ni al cantor ni a la niña deje de resonarles eso de montar a mi bella, montar a mi blanca con la connotación sexual que es propia, en el hablar cotidiano, de tales equitaciones.

La muchacha resuelve este impasse con la seguridad de quien domina la situación: él irá delante, en la silla, y ella detrás, en las ancas o jancas. Ningún riesgo, pues, de inoportunos achuchones: al doble sentido de montar responde ahora el de honra (para mayor honra mía). Al concederle este capricho, él la estará honrando, tratándola con respeto; y todo irá en beneficio de la conservación de esa otra honra encarnada en el virgo, aquello que decía Cernuda con sorna de que la honra de los hombres reside entre las piernas de sus mujeres.

No es extraño que a la mitad del camino la niña se ría del cazador, provocando otra doble pregunta del desconcertado joven (observemos que, en cambio, en las intervenciones de ella no hay ni un solo doblete redundante). Curiosamente, en la respuesta (Me río de ti, cazador, / que las espuelas se te olvidan) lo único evidente es que la encantada se está riendo de él: el verso par, tiempo débil desde el punto de vista del sentido, da una razón que parece más bien una excusa, aunque no deja de señalar la inexperiencia del hombre en lo que a montar se refiere.

Este puntillo de sorna deja paso a un nuevo flashback familiar: si antes la dama ha hablado de su madre y de su tía y de la maldición de ésta, algo (suponemos que la visión de tierras que le resultan conocidas) le hace recordar ahora, en tiempo presente, los oficios de sus familiares:

Mi padre fabrica el oro,
mi madre la plata fina
y un hermanito que tengo
se dedica a cacería.

Obsérvese el engarce con la primera parte del romance: el oro que fabrica el padre se corresponde con el tronco del árbol, la plata con las ramas donde la muchacha penaba su encanto, y ese hermano dedicado a cacerías... ¿a quién puede recordarnos sino al cazador que va cazando, cazando de noche y día? Apenas hemos hecho automáticamente esa asociación de ideas (en la que los dos primeros términos nos dejan atrapados en una correspondencia simbólica algo enigmática, en contraste con la sugerencia eminentemente práctica y transparente del tercero), cuando el cazador se ocupa de confirmar su identificación con el hermano. Curiosamente, no tiene nada que decirle a esta niña que le acompaña, sino (¡a pesar de estar aún a mitad de camino!), a sus padres, que le esperan en casa:

Abrir puertas y ventanas,
balcones y galerías.
Creí que traía una novia
y traigo a una hermana mía.

En realidad, ni ella ni él habían cambiado hasta entonces palabra alguna sobre noviazgo, matrimonio o amores: la hermosura de la dríade, la turbación del mozo al verla, sus dudas sobre cómo montar a la bella, la decisión de colocarse donde su honra quede asegurada, la risa pícara de ésta, todo ha creado un ambiente de tensión erótica sobreentendida que sólo obtiene confirmación explícita a última hora, precisamente cuando el destino acaba de frustrar estas expectativas de forma inesperada e inapelable. Una cosa se creía, otra es: y esto no le pasa sólo a los protagonistas, sino también a nosotros.

De hecho, este tema del contraste entre apariencias y verdades ha venido sabiamente desarrollado durante todo el poema: el cazador que no caza (que es, de hecho, cazado), las palabras que no significan sólo lo que parecen (montar, honra), el elemento maravilloso (oro y plata) que teníamos ya olvidado y que reaparece, abriendo una correspondencia enigmática que, sin embargo, se resuelve en una revelación completamente nítida (anagnórisis del parentesco). Lo que parecía una historia de amor no lo es. Lo que parece un solo romance es (en cierto modo) tres distintos: o al revés, alguien ha sabido ver en tres romances en principio distintos variantes de una única historia, la del desencuentro amoroso entre una bella niña y un fallido príncipe azul. Incluso en el nivel estilístico se da la misma doblez: lo que puede parecer un recurso formular romancístico (el par de versos que expresan la misma idea dos veces, con distinto colofón y rima) adquiere aquí un valor muy específico: caracterizar el discurso vacilante del joven.

Innovación y mejora en la tradición de La infantina

En un artículo polémico sobre la poesía popular, señala Luis Cernuda que el arte de romances como éste nada tiene de ingenuo, primitivo o desmañado; pero es que tales rasgos negativos no son propios de la poesía tradicional sino en la mente de quienes no la han catado con la debida atención.

Es significativo que Menéndez Pidal acuda precisamente a este romance para mostrar que en ocasiones la versión vieja del poema (en este caso, la del siglo XVI) ha mejorado sensiblemente con las aportaciones de sucesivos co-autores que han ido alterando detalles del mismo. La descripción del árbol en las versiones modernas, como la que aquí ofrecemos, adquiere un tinte maravilloso (tronco de oro, ramas de plata) que potencia admirablemente la figura enigmática de la infantina; comparativamente, el texto antiguo resulta poco imaginativo:

arrimárase a un roble, alto es a maravilla.

De igual manera, las palabras con que la encantada se describe a sí misma en nuestro texto (que soy una hermosa niña / que en el vientre de mi madre / me maldijo una tia mía) suponen una afortunada síntesis de la formulación más antigua, a la que ha sabido podar de detalles enojosos:

fija soy del buen rey y de la reina de Castilla;
siete fadas me fadaron en brazos de una ama mía.

Como escribe don Ramón, el esfuerzo poetizador es, en suma, más intenso: el proceso está lejos de ser degenerante. De la tradición que hace y rehace el texto infinito de cada romance puede decirse lo que el refrán advierte de toda agua viva:

Agua corriente no mata a la gente.

Es el continuo fluir de estos cantos rodados quien termina eliminando de ellos toda pedantería y afectación: un riesgo de estancamiento que la poesía de autor tiene bastante más difícil evitar.

Carretera y manta


CAMINA LA VIRGEN PURA (é)
(Virgen y el ciego: IGR 0226)

Informantes: Lidia Gutiérrez Rodríguez, nacida en 1926,
y Rosalía Gutiérrez Rodríguez, nacida en 1932 .
Fecha: 2003.
Lugar: Navalmoral de la Mata.
Recopiladora: Virginia Gómez Peña.

Camina la Virgen pura,
camina para Belén.

En la mitad del camino

pide el niño de beber.

—No pidas agua, mi vida,
no pidas agua, mi bien,

que van los arroyos turbios

y no se puede beber.

Allá arriba en aquel cerro

hay un pobre naranjué

que le cría un pobre ciego,

pobre ciego que no ve.

—¿Me da usté una naranjita

para este niño beber?

La Virgen, como es humilde,

no pidió na más que tres:

una para su niñito

y otra para san José

y otra se quedó en las manos

para la Virgen beber.


Este romance devoto se conoce también con el nombre de La virgen y el ciego o Romance de la huida a Egipto. Los Evangelios canónicos no describen los pormenores del viaje de la Sagrada Familia a Egipto para escapar de la matanza de los inocentes decretada por Herodes: en cambio, los evangelios llamados apócrifos contienen abundante material sobre este viaje, que ha influido considerablemente en la tradición popular y erudita cristiana.

En principio, si se trata de dicho viaje, sorprende que la Virgen y su familia caminen hacia Belén, en vez de desde Belén hacia Egipto. Sin embargo, el error (si es tal) está extendido en casi todas las versiones del romance. Joaquín Díaz, José Delfín y Luis Díaz (1978: 134) citan, no obstante, una versión santanderina en que se nos dice que

Huyendo del fiero Herodes
que al niño quiere prender,

se encaminan para Egipto

María, su hijo y José.


Quizá no debamos sorprendernos de que Belén, punto final del viaje que la Virgen y san José emprenden en busca de un lugar donde dar a luz a su hijo, se haya convertido en la meta por defecto de cualquier viaje de la Sagrada Familia. Después de todo, lo que importa en este romance no es el porqué del viaje, sino ejemplificar cómo en situación de necesidad la Virgen es socorrida por un ciego generoso, que (en las versiones más completas) recibe por ello la merced, no esperada, de recobrar la vista. Haz bien y no mires a quién, literalmente. Así las cosas, cantores que no tenían demasiado claro por qué la Virgen se ponía en camino ni adónde la encaminaron, por comprensible automatismo, hacia Belén.

La trama del romance parece inspirarse en un pasaje en concreto del Evangelio del Pseudo-Tomás (18-22), que Fraile Gil resume así:

afligida por la sed, bajo un sol ardiente, avanzaba la comitiva cuando la Virgen vio erguirse en la lejanía la esbeltez de una palmera cargada de dátiles. Por mandato de su Hijo el árbol doblegó su tronco y puso el fruto al alcance de María, mientras de sus raíces brotaba el agua. Como recompensa, un ángel venido a tal menester desgajó del árbol una palma y la llevó al Paraíso, colocándola allí como símbolo eterno de victoria. La Tradición Oral no ha hecho sino cambiar un tanto el escenario donde acaeció el milagro; trocar la exótica palmera por la naranja, fruta de invierno, aguinaldo de los niños; y duplicar el milagro dando vista al guardián ciego.

El ciego que socorre a la sedienta familia cuida o cría, como dice nuestro texto, un naranjel (naranjué en nuestro caso) o naranjal (más raramente, un rosel, o un manzano, como en la versión recogida por Bonifacio Gil en el tomo I de su Cancionero). Es curioso que una versión tan breve y económica como la que aquí editamos dedique tanto espacio a insistir en la condición del ciego: pobre ciego, / pobre ciego que no ve, con lujosa concatenación y pleonasmo (cf. la versión citada de Gil: pobre ciego, / pobre ciego y nada ve). En cuanto a la acción, se interrumpe con el cómputo de las tres naranjas y sus correspondientes destinatarios. El oyente o lector queda en suspenso, quizá suponiendo lo que sigue, quizá recordándolo de versiones más amplias de la historia, arromanzadas o en prosa. El acto de virtud aparece puro, sin premio que a posteriori corrobore su oportunidad.

Otras versiones establecen un contraste entre la prudencia de la Virgen, que coge sólo las naranjas imprescindibles, y la inconsciencia del niño, que como era niño / no paraba de coger. En nuestro caso ha importado únicamente establecer las prioridades: una naranjita para el niñito, otra para san José y sólo la última (last and least, en este caso) para ella misma.

La brevedad de la versión y su carácter trunco hacen que resalte más el gusto por las repeticiones, en particular las anáforas (camina la Virgen pura, / camina...; y otra... / y otra...). En el medio del camino es también, en otro sentido, octosílabo muy repetido, formular, que aparece en múltiples romances (por ejemplo, en La Infantina).

Encontramos también el uso, tan típico del Romancero, de un dístico en que el verso par, portador de la asonancia, repite el significado del verso impar, con anáfora de la parte inicial y variatio de la final, en la que se busca un sinónimo para reiterar la idea variando la forma:

—No pidas agua, mi vida,
no pidas agua, mi bien,

En este caso concreto la detención o morosidad queda plenamente justificada por la situación: suponemos que el niño, exasperado, no para de llorar, y una y otra vez la madre ha de intentar consolarlo con las mismas (e inútiles) palabras.

martes, 4 de abril de 2006

Don Gato


...there is no song before it. Incluso la calle del mercado (o del pescado) estaba cerca de mi casa, dándole a la canción una veracidad incontestable.

ESTABA EL SEÑOR DON GATO (á.o)
(Don Gato: IGR 0144)

Primera versión

Recopiladora: Lucía C. Montero López, nacida en 1985
Fecha: otoño del 2002
Informante: su hermana Belén, nacida en 1987.

Estaba el señor don Gato
sentadito en su tejado,
marramiaumiau miau miau,
sentadito en su tejado.
Ha recibido una carta
por si quiere ser casado,
marramiaumiau miau miau,
por si quiere ser casado
con una gatita parda
sobrina de un gato pardo
marramiaumiau-miau miau,
sobrina de un gato pardo.
De contento que se ha puesto,
se ha caído del tejado,
marramiaumiau miau miau,
se ha caído del tejado.
Se ha roto siete costillas,
el espinazo y el rabo,
marramiaumiau miau miau,
el espinazo y el rabo.
Ya le llevan a enterrar
por la calle del pescado
marramiaumiau miau miau,
por la calle del pescado.
Al olor de las sardinas
el gato ha resucitado,
marramiaumiau miau miau,
el gato ha resucitado.
Por eso dice la gente:
«siete vidas tiene un gato
marramiaumiau miau miau,
siete vidas tiene un gato».

Segunda versión

Informantes: cantores anónimos.
Lugar: Navalmoral de la Mata.
Fecha: 1995-2000
Recopilador: Félix Contreras Sanz.
Intérprete: Petri Monago Rodríguez.

Estaba el señor don Gato
sentadito en su tejado,
marramamiau miau miau,
sentadito en su tejado.
Ha recibido una carta
que si quiere ser casado,
marramamiau miau miau,
que si quiere ser casado
con una gatita parda
sobrina de un gato pardo
marramamiau miau miau,
sobrina de un gato pardo.
El gato por ir a verla
se ha caído del tejado,
marramiaumiau miau miau,
se ha caído del tejado.
Se ha roto siete costillas,
el espinazo y el rabo,
marramiaumiau miau miau,
el espinazo y el rabo.
Ya lo llevan a enterrar
por la calle del pescado
marramiaumiau miau miau,
por la calle del pescado.
Al olor de la sardina
el gato ha resucitado,
marramiaumiau miau miau,
el gato ha resucitado.
Por eso dice la gente:
«siete vidas tiene un gato,
marramiaumiau miau miau,
siete vidas tiene un gato
y otras siete un zapatero
que remienda los zapatos».

El origen de tan celebérrimo romance infantil no ha sido aún establecido con certeza. Se cree que es hijo del gusto renacentista por las aventuras y desventuras de animales humanizados, del que dan fe el Coloquio de los perros de Cervantes y La Gatomaquia de Lope de Vega. Tenemos testimoniados en 1597 romances de ciego con títulos como «El testamento del gallo» y «El testamento de la zorra», que tienen mucho que ver con una de las familias de las versiones de Don Gato: aquélla en la que el gato, tras caerse del tejado, hace venir un escribano y dicta testamento de sus muchos latrocinios. A continuación, muere y es enterrado, con regocijo de los ratones, que bailan, y luto de los gatos.

La otra familia, a la que pertenecen nuestras versiones, no incluye referencia a tal testamento: en ella, el gato muere a consecuencia de la caída, pero cuando lo llevan a enterrar por la calle del Pescado (o del Mercado), resucita al olor de la sardina, confirmando el refrán según el cual los felinos tienen siete vidas.

Son interesantes los dos últimos versos, que prolongan en este caso el refrán sobre las vidas del gato:

y otra siete un zapatero
que remienda los zapatos.

La atribución de las siete vidas al zapatero viene probablemente, por hipálage, de la prolongada vida de los zapatos viejos de los pobres, que no pudiendo cambiarlos por otros se resignan a que revivan como puedan en las manos de un remendón.

Bonifacio Gil edita en el primer tomo de su Cancionero otra versión extremeña, similar a las que aquí recogemos (Gil 1998: I 85). La distinguen, no obstante, algunos rasgos: el estribillo (¡y ole pun!... ¡y ole pun, catapún y ole pun!); la aparición, tras el accidente, de un médico, que le receta una tacita de caldo (con la advertencia de que si no la quiere bebé, / que le den doscientoh palo); y la mención de los asistentes al entierro de Don Gato: lah gatita van de luto, / y los ratoneh, bailando.

En el segundo tomo (Gil 1998: II 515-6) ofrece una versión de Castilblanco, con descripción del juego infantil asociado al romance. El estribillo es marramamiau, y el texto es muy parecido al de nuestras dos versiones, aunque incluye un interesante final alusivo al juego:

Por eso dice la gente:
«Siete vidah tiene un gato»:
y lah niñah que lo bailan
tienen que darse un abrazo.