lunes, 6 de febrero de 2006

My Fair Lady

(Edward Burne-Jones, The Soul attains)

A vueltas con la magia homeopática, la vieja historia de Pigmalión y su Galatea tal como la contó Ovidio en sus Metamorfosis:

Osan, con todo, negar las Propétides desvergonzadas
que es diosa Venus; la ira divina, por ello, las lleva
a ser las primeras que a todos ofrecen su cuerpo y buen nombre:
una vez huye el pudor y en su faz el rubor se endurece,
sin que se note gran cambio se tornan en rígida piedra.

Vio Pigmalión que en el crimen pasaban sus vidas enteras
y, disgustado al sentir cuántos vicios la naturaleza
puso en la mente de cada mujer, sin esposa vivía,
célibe, el tálamo siempre vacío de dulce consorte.
En ese tiempo, con arte admirable, de níveo marfil
hizo una estatua y figura le dio con la que hembra ninguna
puede nacer, y en amor se prendó de la obra que hizo.
Es de una virgen de veras su rostro, que vivo creyeses
y que, si no lo impidiera el pudor, movimiento adquiriera:
hasta tal punto ha llegado a ocultarse en su arte que hay arte.
Por aquel cuerpo ficticio, apuró Pigmalión admirado
fuego en su pecho. A menudo sus manos en ella tantean
si es cuerpo al fin o marfil y a aceptar lo segundo se niegan.
Besos le da y piensa que los devuelve, le habla, la tiene,
siente al tocar esos miembros que en ellos se asientan sus dedos
y tiene miedo, no vaya al cogerlos así a amoratarlos
y ora le brinda palabras de amor, ora trae, siempre gratos
a las muchachas, de conchas y piedras pulidas regalos,
pequeños pájaros, flores de mil y un colores, brillantes
bolas pintadas y lirios y, de su árbol caídas,
lágrimas de ámbar; adorna también con vestidos sus miembros,
con piedras preciosas sus dedos, con largos colgantes su cuello;
en sus orejas perlas ligeras, collares al pecho.
Todo le cuadra: desnuda no menos hermosa se viera.
Tiende su amado marfil entre sábanas tintas en púrpura
y compañera la llama del lecho, posando su cuello
entre las plumas mullidas cual si ella sentirlas pudiera.
Había llegado la fiesta de Venus, aquélla que en Chipre
más se celebra, y cubiertos sus cuernos amables de oro,
habían caído, en la nívea cerviz golpeadas, las vacas
y humeaba el incienso cuando, dudando, cumplida su ofrenda,
junto al altar Pigmalión comenzó: «Si vosotros los dioses
todo podéis concederlo, deseo que sea mi esposa...»
(y al no atreverse a decir «esta ebúrnea mujer», dijo sólo
«...tan parecida a esta ebúrnea mujer como serlo lo pueda»).
Comprendió Venus, presente en su fiesta, qué estaba pidiendo
súplica tal, y en presagio de su voluntad favorable
tres veces hizo la llama crecer y elevarse en el aire.
Cuando volvió Pigmalión, corre a ver de su niña la estatua
y sobre el lecho acostado la besa: ¡diríase tibia!
Acerca de nuevo los labios, sus manos recorren sus pechos,
bajo su roce se ablanda el marfil, va perdiendo el rigor
y a la presión de sus dedos ya cede, cual cera que al sol
en el Himeto se deja amasar y dar múltiples formas
con el pulgar, siendo el uso quien logra tornarla algo útil.
Él entonces, atónito, teme, aunque alegre, engañarse
y una vez y otra repite amoroso, palpando, sus preces:
¡era un cuerpo! Su dedo las toca y palpitan sus venas.
Entonces el héroe de Pafos pronuncia solemnes palabras,
gracias da a Venus y labios al cabo no falsos sus labios
apresan y siente, turbada, la blanca doncella los besos
que se le dan y enrojece y alzando a sus ojos los suyos
con timidez, a la vez que ve el cielo, distingue a su amante.
Vino a la boda, obra suya, la diosa, y tras ya nueve veces
juntos los cuernos lunares que forman el disco completo,
dio a luz a Pafos, de quien esta isla su nombre obtuviera.

(Metamorfosis, libro X, versos 238-298;
gracias a Diego Seguí por sus sugerencias).


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