domingo, 27 de noviembre de 2016

Donde acaba mi casa


'Los vivientes'. Así llamaban los egipcios a los muertos que no morían por segunda vez en el Más Allá, sino que permanecían activos de algún modo desde su nueva patria. Así se llama también la sección séptima de El agua siempre encuentra su camino, el libro de versos que presenté ayer, 26 de noviembre, en la Fundación Concha de Navalmoral de la Mata con un reparto de lujo: Mari Cruz García en nombre de la Fundación; el gran poeta talabricense Alfredo J. Ramos, cuyo sermón (que podéis leer en su blog) iluminó de forma perdurable el libro; y algunos de los amigos músicos (Luli, Fátima y Juanfran), reunidos esta vez con el nombre de El Grupo En Ciernes. Gracias también a los amigos de la librería El Encuentro, que vendieron a quien quiso adquirirlo un ejemplar del poemario.

Alegre fue la mañana, y con todo, no dejaron de evocarse y hacerse presentes a su manera algunos de los difuntos queridos que pueblan el libro: los maestros Agustín García Calvo y Antonio Hernández, Aker; el siempre gentil Leonard Cohen, cuyo sombrero (sort of) adornaba la mesa (y a ratos mi cabeza); el buen Alfonso García Pecharromán, al que la corriente implacable condujo en plena juventud al otro mundo; y algunos fantasmas aún más íntimos y cercanos que prefieren no andar en boca de nadie.

'Hemos perdido el alma', dictaminábamos Alfredo y yo a los postres, hablando en nombre de todos, por mí y por todos mis compañeros; y lo decíamos pensando en el continuo entretenimiento, la programación 24 horas por todos los medios y sobre todos los asuntos, que deja poco o ningún espacio para la formación y exploración del mundo interior de los que nos siguen, y a menudo tampoco nos lo permite a quienes sí vivimos una vez el ensimismamiento en nuestra niñez y adolescencia, pero vamos olvidándolo. Quizá el sino del alma es siempre estar de paso, a punto de desaparecer. Piensa uno en los elfos partiendo a los Puertos Grises.

'Noviembre es el mes de los muertos, el mes de Sokari', me recordaba esta mañana Aker, en uno de esos mensajes directos que me envía a veces y que aparecen escritos tal cual en mi mente, con su sintaxis y su caligrafía. Y no era por asustarme por lo que lo decía, sino porque entendiera mejor por qué entre tanta y bien fundada alegría pugnaba ayer por momentos por acallarme una incurable melancolía, que se sonreía al saberse ocasión y causa profunda de su contraria.

Se canta lo que se pierde, decía el papagayo verde de Machado, y con él el maestro Agustín (solo de lo negado canta el hombre / solo de lo perdido). Cabe añadir que se canta para no perderlo del todo; para no perderse en el todo (que es la nada) y conservar, cifrados en palabras, notas, silencios, unos pocos instantes que queremos tener siempre a mano.

Cuatro canciones sonaron ayer, que eran otros tantos poemas del libro. Traigo para empezar esta (gracias mil a Ana, Minerva, Pablo y Miguel por grabar las actuaciones y hacer fotos), que en el libro se llama Que yo no sé cómo llamarte, en homenaje a una de las canciones de Luli que aparece en el único disco de Ciento Volando, Por amor a lo que venga. Pero ella, gentilísimamente, le puso a su vez música al poema, y como canción (preciosa canción, entre ranchera y sirtaki) su título es otro: Donde acaba mi casa.




martes, 1 de noviembre de 2016

La Rosa Por Defecto 3 (octubre 1995)


Con la fiebre del descubrimiento, no fueron uno ni dos, sino tres, los números del fanzine que aparecieron a lo largo de 1995. Este, el tercero, salió en octubre y renueva considerablemente la lista de colaboradores. Abre un autor consagrado, Tomás Segovia (al que por entonces visitábamos con frecuencia en su 'oficina' del Comercial), y repiten dos clásicos del fanzine: Rafael Herrera y Antonio Hernández, Aker. También yo cuelo algo (el inevitable editorial y un par de poemas). Pero, oh sorpresa, este es el único lugar donde podrás encontrar dos poemas de Antonio Martín, arquitecto de Cálamo y Cran, mucho más dado a la narrativa que al verso, pero que se lanza aquí a trovar con elegancia y acierto impares. Las otras dos voces, femeninas, son también frescas y novedosas: Luli trae una de sus canciones cientovolanderas y Maica Martín (hermana de Dani), dos textos en prosa.

Del postripi de Maica que cierra el fanzine, Secreto, procede la línea para mí mejor de todo el número, y quizá del fanzine en toda su historia: La cerveza debe ser buena para el alma, porque con ella uno se siente más ligero, llega antes a los sitios y ve la luna más grande. Sépase y óbrese en consecuencia.

sábado, 29 de octubre de 2016

La Rosa Por Defecto, número 2 (1995)


En mayo de 1995 volvimos a la carga con el fanzine, pocos meses después de su debut (en el que no aparece consignado el mes, pero que debió de ser por marzo, por mi cumpleaños). Repitieron muchos de los colaboradores (por orden de aparición: Rafael Herrera, Ricardo Pérez, yo mesmo, Daniel Martín, Sergio Herrero, Eva Fernández, Alfonso García Pecharromán), pero además tuvimos dos estupendas traducciones en verso, de Hoffmannsthal y Nikos Cavadías, obra (respectivamente) de Ana Leal y Rafa Herrera.

En este número apostamos fuerte, por lo que fuera, por los sonetos, dando lugar a una observación un tanto desesperada de Agustín García Calvo, que dijo poco después a quien quisiera oírle que además de sufrir durante años la 'retórica oficial del endecasílabo' a la que se alude en el editorial, ahora encima teníamos poetas que no sabían componer sonetos decentemente. Y, en verdad, estábamos aprendiendo (en público, según la doctrina que el punk nos legó a todos) y alguna torpeza sí se aprecia —aunque no faltan en el número sonetistas cumplidos o, al menos, prometedores.

El poema de Cavadías, vertido esmeradamente por Rafa Herrera, es el responsable inmediato de que me haya decidido a desenterrar el fanzine: esta semana me lo pidió mi amigo Emiliano para compartirlo con una amiga, y me conmovió que estas alturas recordase que se había publicado alguna vez en alguna parte.

jueves, 27 de octubre de 2016

La Rosa Por Defecto (en la boca del asno)


Era 1995 y yo comenté con mi amigo Antonio que sería lindo editar un fanzine de poesía. Como tantas veces en el curso de nuestras vidas, lo que en mis labios era solo un deseo, seguramente condenado a vivir y morir como tal, se hizo tangible en pocos minutos en cuanto el chache se puso a ello y desplegó esa magia que le ha hecho justamente célebre como domador de procesadores de texto, programas de edición y cualquier otro software capaz (en sus manos, claro) de hacer virguerías.

Pensando sin duda en la novela de Umberto Eco, que aún quedaba cercana, le puse al fanzine La Rosa Por Defecto (con la coletilla 'en la boca del asno' se convirtió luego en el título del programa de radio que hice con otro amigo, Alfonso, en Onda Verde, un empeño que alguna vez habrá que rescatar también).

Mi idea es subir todos los números del fanzine que se publicaron. En este que enlazo, digitalizado en formato PDF, hay, por orden, textos de Agustín García Calvo, Sergio Herrero, Ricardo Pérez, Daniel Martín, yo mesmo, Eva Fernández Rodríguez, Marta Fuentes, Rafael Herrera, Antonio Hernández Marín (aka Aker) y dos anónimos del siglo XVI recopilados por Alfonso García Pecharromán.

Respecto al contenido, por la parte que me toca habría tanto por lo que excusarse que prefiero ni intentarlo. Tengan Vds. paciencia —y, por qué no, también buen provecho.





viernes, 14 de octubre de 2016

Dylaniana



Como buen dylaniano, me ha alegrado el Premio nórdico que acaba de caerle encima. Confío en que le abrigue en el inverno de sus días y pienso que, como en alguna ocasión anterior, cuando finalmente hable será para decir que en él se premia a Woody Guthrie (y, podría añadir un europeo, a Brassens). Lo cual me parece estupendo.

Mi Devocionario Pop es un libro muy dylaniano. Dos de sus poemas (que recoge en su blog Víctor Peña) son versiones libérrimas de canciones de Dylan, y otros dos, que traigo aquí, son poemas propios pero aluden a sendas canciones del maestro. Ahí van.






sábado, 8 de octubre de 2016

Estudio en escarlata


Gracias a Pablo García, que tuvo la idea y la pericia y decisión para realizarla, tenemos nuevo vídeo de La Bossa y la Vida. Helo, y con él diez cosillas sobre Estudio en escarlata.



1. Estudio en escarlata es el título de la primera novela de Sherlock Holmes que escribió Arthur Conan Doyle. Se publicó en 1887.

2.  La expresión se refiere a un estudio, es decir, un boceto o apunte, dibujado en color rojo (escarlata). En el libro de Doyle, el estudio en cuestión es el asesinato que investigan y resuelven Holmes y Watson. El hilo rojo de la sangre derramada forma el diseño.

3. La letra de la canción habla de varias cosas, y de ninguna en particular. La conexión con el estudio en escarlata viene porque en la primera estrofa se habla de soplar sobre las brasas, haciendo que broten las llamas.

4. Una de las cosas de las que habla la canción es de los amigos perdidos, y de cómo a veces se les echa tanto de menos que, en cierto modo, su falta se hace ubicua. Yo pensaba en mi amigo Antonio Hernández, Aker, pero por desgracia todos  acabamos teniendo a alguien a quien echar intensamente de menos, cuya ausencia nos acompaña.

5. En el arranque (Raíz de lo que viene, amor de lo que pasa) hay un guiño a una canción cientovolandera que dio nombre al único disco del grupo, Por amor a lo que venga.

6. La canción tiene solo cuatro acordes, aunque les caen algunas tensiones coloridas que hacen que no suene (demasiado) a guitarra de campamento.

7. Para felicidad (o no) de los músicos que no pueden usar cejilla, está en si mayor, tono de cinco sostenidos y hermoso sonido, muy brillante.

8.  La estrofa final es un arreglo del arranque de la Sonatina, uno de los poemas más conocidos (e injustamente vilipendiados) de Rubén Darío. Hay otra canción nuestra, Juventud divino tesoro, que es toda ella adaptación (en tono bluesero) de un poema del maestro nicaragüense.

9. Las palabras consuelan, pero nunca lo suficiente. Unas veces las exaltamos (es la palabra el único tesoro que persiste: / el lápiz con que puedes dibujar cualquier color) y otras veces constatamos su ruina (qué tarde, qué deprisa / caducan las palabras).

10. ¡Los pies de Fátima! Pablo valoró grabar los pies de todos, pero decidió con buen tino centrarse en los de la dama Galadriel.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Lecciones de vida


Éramos menores de edad (¿quince años? ¿O antes incluso?) cuando creamos el Taller Literario Babel, una tertulia que se reunía cada viernes en el parque Sur de Madrid, en un local que aún sigue ahí, y que entonces se llamaba Piscina Restaurante Marbella. Creo que a Ricardo y a mí nos había citado alguna vez allí un profesor nuestro, Luis María Sanz, que fue la primera persona en interesarse por lo que escribíamos, cuando éramos aún muy críos. A la edad en que fundamos el taller, Luisma ya nos había aclarado, con admirable franqueza, que no tenía más que decirnos o enseñarnos, y que debíamos buscar una respuesta en otros, preferiblemente personas con experiencia en el mundo literario y editorial. Lo intentamos. Recuerdo visitar (aún de su mano) la editorial Arnao, una pequeña empresa dedicada a la poesía, dirigida por dos jóvenes encantadoras pero que no supieron tampoco muy bien qué hacer con  nosotros. Fueron amables, pero salimos convencidos de que lo que habíamos escrito hasta entonces era impublicable. (Y lo era.) Nos regalaron, eso sí, algunos libros de su editorial. Uno de ellos,  La página amenazada de Eloy García Tizón, me impresionó muchísimo; alguna vez he traído hasta aquí una muestra.

Volvimos, pues, al Marbella, pero ya como jóvenes escritores. Como no encontramos un interlocutor entre los adultos, decidimos buscarlo entre nuestros amigos. Incomprensiblemente, entre ellos no faltaban otros letraheridos tan frikis como nosotros (o quizá fue esa dolencia la que hizo que amistáramos). Teníamos a Carlos, lector máximo de Ciencia Ficción y amigo fiel hasta este día; a Dani (al que me tocó entrevistar para un trabajo de religión. Le pregunté, como a todos: '¿Qué opinión tienes de  Dios?'; y él, como nadie, me respondió:  'Muy buena. Yo mismo soy un dios');  a Antonio, elegantísimo cronopio; y a Eva, una de las chicas más guapas del colegio, pero que además de eso había leído a Kafka y a Djuna Barnes (o quizás no) y era capaz de hablar de todo sin melindres ni tapujos.

Virtud esta muy necesaria. Éramos, ya digo, menores, pero pronto en las cosas que escribíamos empezaron a aparecer todo tipo de brutalidades, que hubieran hecho sonrojarse a los clientes del lugar si no hubieran tenido el buen juicio de ignorarnos. (No era difícil: solíamos sentarnos dentro, y la mayoría de las mesas de aquel enorme espacio estaban siempre vacías.) Fingíamos, a modo de entrenamiento, haberlo vivido todo: la represión de un Estado totalitario, el estupro, el asalto a mano armada, la carrera a través de un campo lleno de cristales, con los pies descalzos.

Algo de esa sabiduría, sin embargo, era cierta. Pero no me tocaba a mí. Al contrario, si escribo estas líneas es porque me sorprende retrospectivamente no haberla apreciado.

A pesar de la advertencia de Baroja ('Juventud, egolatría'), no acudíamos al Taller a echar cada uno nuestro rollo. Solíamos escuchar lo que leían los demás con enorme atención, y al finalizar dábamos nuestra opinión con más sinceridad que cortesía (aunque a veces repitiéramos sospechosamente juicios como 'me ha gustado más la primera parte' o  'lo que más me ha molado es el ambiente'). Si el texto no nos convencía, tampoco era raro que acribilláramos a preguntas al autor, que a veces degeneraban en reproches.

Y bien, ahí es donde, con cierta vergüenza, me recuerdo. Mi amiga Eva siempre tuvo un gran talento para escribir cuentos que se movían entre el realismo crudo y una realidad paralela expresionista (un título suyo: 'Una vez aprendí a cocer cucarachas y ahora no recuerdo dónde'). Es un  registro que después dejo atrás, cuando comenzó a estudiar Trabajo Social, convencida de que no bastaba con constatar las atrocidades de nuestro entorno y convertirlas en literatura, sino que había que remediarlas. En uno de esos cuentos, hacia el final, escribía Eva algo así como 'Corrí y corrí hasta que no pude dar un paso más. Y luego seguí adelante'.

—¿En qué quedamos? —le dije yo con mi peor sonrisa—. ¿Se quedó realmente sin fuerzas o le quedaban suficientes para seguir?

Trató Eva de explicarme que esa era precisamente la cuestión: que a veces uno se queda sin fuerzas y sin embargo es forzoso seguir —e inexplicable, milagrosamente, sigues. La explicación no me convenció, pero la archivé. Hoy me parece una lección impecable.

Hubo muchos más casos así, en que yo corregía y acababa corregido. Recuerdo otro. Era un cuento (o quizá no exactamente un cuento) en el que hablaba del chico con el que entonces salía, y en un momento citaba, entre otras prendas de amor,  su 'sudor limpio'.

—Volvemos a lo mismo. O está sudado o está limpio.

Hoy, mientras escribo esto tras una sudorípara vuelta en bici, sé que ella tenía razón en lo que pacientemente me explicó. Hay un sudor limpio, inmediato, que tiene la nobleza del esfuerzo, y aun del hábito mismo de ejercerlo. Y otro recalcitrante, residual, acumulado en ropas, toallas, o en la misma piel, si uno no ha tenido la ocasión o el acierto de lavarla. Es la diferencia entre el corte limpio, del que en un primer momento ni siquiera brota la sangre, y ese mismo corte amoratado, al borde de la infección.

Pienso muchas veces en Eva y en su sabiduría generosa, que tantos años me ha acompañado y más de una vez me ha dado buen consejo, o (mejor aún) me ha aceptado como venía, en mejor o peor estado, sin pedirme explicaciones ni venderme motos. Hoy me cuesta disentir de ella, a no ser en detalles nimios; y pienso que es una de las personas que más me ha enseñado en la vida. Valga esto como ejemplo de lo mucho que se aprende cuando creías que estabas enseñando.